Carreras de coches a 31 km/h: “Recuerdos de la época heroica del automovilismo deportivo”

En estos tiempos que corren, se produce una paradoja sumamente llamativa en el mundo del automovilismo en la que a buen seguro muchos han caído. ¿Para qué diantres queremos coches con motores cada vez más potentes si los límites de velocidad en las carreteras de todo el mundo son bastantes restrictivos? Es decir, qué necesidad hay de adquirir un coche con muchos caballos de potencia, capaz de pasar de 0 a 100 km/h en apenas unos segundos si luego no podemos superar los 130 kilómetros por hora cuando nos ponemos al volante. Algo ridículo, ¿verdad? Lo que era realmente trepidante era ver aquellas carreras en las que los coches volaban sobre la pista y el ganador apenas si superaba los 30 km/h.

Desde aquello a esta parte han caído no pocos chaparrones. No hay más que remitirse a una crónica de 1931 para leer cómo se mofaban rotundamente de aquellos vehículos de carreras que cuarenta años atrás apenas si lograban completar la prueba automovilística que transitaba entre las ciudades francesas de Marsella y Niza. En la primera edición de aquella carrera, que tuvo lugar en 1897, los participantes necesitaron de tres días para completar los 220 kilómetros que separaban la salida de la meta.

La primera de las etapas, que transcurría entre las ciudades de Marsella y Fréjus, fue la más sencilla para los pilotos. Según contaban las crónicas de la época, “no presentaba obstáculos considerables”. Lo más peliagudo para los pilotos que tomaron partido en la prueba eran algunas cuestas más o menos empinadas en las que sus vehículos podían tener ciertas complicaciones. Pero nada más. El segundo día la emoción se incrementaba, con algunos virajes que harían las delicias de los espectadores que acudieran a presenciar los bólidos pasar a velocidades de vértigo (sí, apenas 30 km/h) para completar la siguiente parte del trayecto entre Fréjus y Niza.

No obstante, el plato fuerte quedaba reservado para la tercera jornada de la carrera. Era el día que más temían tanto pilotos como coches, pues en el recorrido se encontraba La Turbie. Si bien es cierto que ahora una rampa de 600 metros con un 10% de pendiente es pan comido, no solo para cualquier coche, sino incluso para una prueba ciclista, en 1897 aquello era una “cosa poco menos que insuperable”, como describían las crónicas.

carrera

La elevación del terreno entre Niza y Montecarlo provocó que tuvieran lugar situaciones totalmente disparatadas. Por ejemplo, en un tramo conocido como Cote de Camp, en el que había una pequeña subida (“insignificante” a juicio del redactor), algunos pilotos tuvieron que tomar medidas drásticas para poder seguir. Quien no se anduvo por las ramas fue el conductor Etienne Giruad, que ordenó a su copiloto bajar del coche y hacer a pie ese trecho. Por poco que acelerase la marcha, no sería de extrañar que llegase andando al final de la cuesta incluso antes que el vehículo a motor que pilotaba su acompañante.

Y no es ninguna broma. El propio Giraud, de hecho, con una mano maniobraba la dirección del vehículo mientras que con la otra sostenía un paraguas que funcionó a modo de vela para aprovechar el viento favorable que soplaba y así lograr impulsar el coche.

Pero este no fue el único piloto que tuvo que tirar de ingenio para superar los tramos más complicados de la carrera. Uno de los principales problemas con los que se encontraban los participantes era que los motores de sus bólidos se calentaban, por lo que tenían que intentar refrescarlos como buenamente podían. El vizconde Soulié, por ejemplo, que iba a los mandos de una peculiar Voiturette Léon Bollée colocó en el asiento delantero una cesta repleta de botellas de sifón. Así, de cuando en cuando, cogía una y refrescaba el motor de su vehículo con este líquido.

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Otros tomaron medidas más drásticas. Es el caso del piloto Marcel Cahen, que pensó que la mejor forma de que el motor de su Peugeot se refrigerase era echarle pequeños trozos de un bloque de hielo que llevaba a bordo. Por supuesto, a la hora de enfrentarse a la temida subida de La Turbie, tanto él como su copiloto iban a pie empujando el coche al tiempo que lanzaba los pedazos de hielo sobre el motor para evitar que se parase y los dejase tirados en mitad de la cuesta.

Y ahí no acababa todo. Los coches de aquel entonces eran tan poco sofisticados que se podían llegar a reparar aprovechando piezas de una bicicleta. Si no, que se lo digan a otro piloto de la prueba que, tras chocar con una piedra que había en el camino, no vio inconveniente alguno en arreglar los desperfectos del vehículo aprovechando la horquilla de una bicicleta que posiblemente tenía algún aficionado que contemplaba la competición.

Finalmente, Gaston de Chasseloup-Laubat se subió a lo más alto del podio. Lo hizo a lomos de un Dion de 18 caballos de potencia impulsado a vapor, con el que consiguió alcanzar la máxima velocidad punta durante la carrera, llegando a poner su bólido a más de 30 kilómetros por hora. Una auténtica barbaridad. En segunda posición alcanzó la meta Georges Lemaître a bordo de un Peugeot que voló sobre el asfalto a 29 km/h.

Y sí, ahora nos resultan desternillantes aquellas rocambolescas situaciones en mitad de una carrera. Tipos impulsándose con paraguas, pilotos lanzando sifón o hielo a los motores… Precisamente, ahora que los coches de Fórmula 1 vuelan sobre la pista a más de 300 km/h. Pero muchos de aquellos intrépidos pilotos se mofarían de nosotros al saber que hay quien gasta una auténtica fortuna en coches que pueden superar los 250 km/h con facilidad, pese a que normalmente circulan por travesías donde la máxima velocidad permitida es bastante inferior. Al fin y al cabo, eso también parece un chiste.

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Con información de La Vanguardia y Gran Prix History

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