La española que se tiró 159 días durmiendo “apenas sujeta el alma por un hilillo de vida”

Siempre resulta curioso echar la vista atrás. A estas alturas, gracias a los avances en medicina sabemos que existe la posibilidad de que tanto amigos como familiares o conocidos padezcan alguna de las llamadas enfermedades raras, es decir, alguna de las cerca de 7.000 patologías que solo sufre el 7% de la población mundial.

Pero no demasiado tiempo atrás, cuando el ‘doctor Google’ aún no pasaba consulta, cualquier extraño síntoma, afección o comportamiento en un hospital acaba por despertar la curiosidad de la prensa. Si no, que se lo digan a la familia de Victoria Velasco, que durante cinco años y medio estuvo al tanto del largo y profundo letargo en que estuvo sumergida la ‘enferma durmiente’ a través de los diarios.

Del caso de esta chica, que llegó al Hospital Provincial de Madrid en enero de 1950, se hicieron eco distintos medios españoles. Había quien no tenía del todo claro cuán importante podía ser la noticia. Pero como medios extranjeros se habían interesado por el estado de Victoria, había que darlo destacando, claro está, el interés de la prensa foránea. “El caso ha despertado ya curiosidad en los medios científicos extranjeros. Algunas revistas de Alemania, Francia, Inglaterra y Norteamérica le dedican gran atención”, publicaba La Vanguardia el 23 de abril de 1950.

Para entonces, la ‘enferma durmiente’, como había sido apodada, ya llevaba durmiendo 116 días con sus 116 noches. Según cuentan las imprecisas crónicas de la época, Victoria se encontraba en un estado de “sueño profundo”. Tal era el interés, que incluso cuando no pasaba nada había medios que informaban a su público de que, efectivamente, la situación se encontraba en el mismo punto. “Victoria Velasco, ya conocida por su largo y peligroso sueño, continúa durmiendo”, apuntaba el diario ABC en su edición del 18 de febrero de 1950, 44 días después de que Victoria Velasco fuera ingresada en el hospital.

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Es más, el más mínimo avance de la enferma se festejaba por todo lo alto en las páginas de los periódicos. Más de mes y medio después de que fuera ingresada en el hospital, había quien destacaba que realizase el más mínimo movimiento. “Aunque su estado no ha dejado de ser de gravedad máxima, parece que ha recobrado, muy ligeramente, el sentido del oído y hace algún movimiento”, destacaban.

Ya en junio de 1950, cinco meses después de comenzar aquella larga cabezada, llegó la primera alegría para la familia. Al parecer, la paciente había conseguido despertar momentáneamente y articular alguna palabra. “La enferma Victoria Velasco […] ha recobrado la palabra a los ciento cincuenta y nueve días de la fecha en que se inición su raro letargo […] la paciente habla normalmente y parece que el único residuo de su afección que aún le queda es la parálisis del brazo izquierdo”, según relataban los periodistas que seguían el caso con atención. Aunque esa atención duró bien poco.

Desde aquel breve despertar el silencio informativo se mantuvo hasta el mes de julio de 1965 cuando, tristemente, la ‘enferma durmiente’ murió. Tras aquellas palabras posteriores a su despertar, ningún medio hizo referencia a su recaída veinte días después. Tampoco hubo ningún periodista que se interesara por la lucha de su marido, Eugenio García, para intentar averiguar qué enfermedad padecía su esposa.

No fue hasta su fallecimiento cuando Manuel Sánchez del Arco le dedicó dos extensos artículos en las páginas de ABC para recopilar lo que había ocurrido con Victoria Velasco desde que dieran cuenta de que había vuelto a hablar con sus familiares en el hospital madrileño de la calle del Amparo. Y ahí fue cuando el reputado periodista dejó claras las razones por las que el extraño letargo de esta paciente había despertado la atención. Su desconocimiento de las causas se hizo patente. En cada párrafo del articulo.

A su juicio, la muerte de Victoria se había producido nada más caer en aquel profundo sueño. Si bien habia algo que aún le ataba al mundo de los vivos. “Han sido cinco años de vida en sueño, de anticipada muerte, apenas sujeta el alma por un hilillo de vida”, relataba Sánchez del Arco. Si bien es cierto que aportaba posibles causas de dicha patología: “Existe la teoría nerviosa. La del aislamiento de neuronas que corta la comunicación sensitiva”, todo ello, por supuesto, sin mencionar a los supuestos doctores que investigaron el caso en busca de respuestas.

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Con una adornada prosa, no duda a la hora de excusarse por no haber prestado atención a la evolución de Victoria Velasco durante tanto tiempo. “La actualidad renueva los temas vertiginosamente y pronto se olvida aquello que más intriga por unas horas, por unos días, por una semana. Ninguna hoja tan caduca como la hoja impresa”, explicaba. Sin lugar a dudas, en esto no parece haber cambiado demasiado el periodismo.

Tampoco en aquello de sacar a relucir los factores más morbosos de cualquier asunto. Quizá por ello, el periodista tampoco dudó a la hora de relatar la operación a la que supuestamente fue sometida la ‘enferma durmiente’. “Fue operada en el cerebro, con la esperanza de liberar a alguno de esos minúsculos centros de los que depende todo. No dió resultado” (sí, “dió” con tilde), lamentaba Manuel Sánchez del Arco.

Aunque este ‘profesional de la información’ aún tenía reservada la clave de todo su relato. Según él y sus creencias religiosas, en su último aliento Victoria Velasco se sintió feliz porque, más allá de los análisis médicos y de los diagnósticos de los doctores que la trataron, ella sabía con certeza qué ocurría en su organismo. “Desde el despertar de su sueño, ella, dueña ya del gran secreto, sonreirá ante los afanes de quienes estudiaron su caso. Ella, ya lo sabe todo; por aquí, ni aún los doctores”, sentenciaba el periodista, que ese mismo año se alzó con el reputado premio ‘Luca de Tena’ de periodismo por su trayectoria.

De acuerdo, por aquel entonces a buen seguro que el Hospital Provincial de Madrid no contaban con los recursos clínicos para determinar si Victoria Velasco padecía alguna enfermedad similar al síndrome Kleine-Levin (SKL), una patología neurológica cuyo origen se desconoce y que provoca en quienes la sufren prolongados episodios de sueño. Pero de ahí a sentenciar que la paciente se fue al otro mundo sabiendo aquello que padecía y que durante cinco años y medio estuvo “sujeta el alma por un hilillo de vida”, es arriesgado cuanto menos. Si la ‘enferma durmiente’ hubiera sobrevivido a su profundo letargo, sabemos de algún que otro periodista al que posiblemente habría maldecido sin piedad.

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Con información de las hemerotecas de La Vanguardia y ABC.

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