De profesión, ‘caganer’: el mundo de los donantes de materia fecal

Si en Suiza se permiten el lujo (uno más) de rechazar la implantación de una renta básica de 2.300 euros, por algo será. Si a eso le sumamos el descenso del paro en España por debajo de los 4 millones de desempleados, tenemos las pruebas necesarias para demostrar que el mercado laboral está experimentando un giro drástico y que están brotando oportunidades de negocio por todas partes. Y cuando decimos en todas partes, es literal. Sin ir más lejos, en el inodoro puede estar tu futuro profesional.

De un tiempo a esta parte, las donaciones de heces se han convertido en una ocupación bastante rentable para quienes la practican. Suena tan disparatado como escatológico, lo sabemos. No obstante, la figura del ‘caganer’ profesional ha cobrado cierta importancia en los últimos años, a medida que los laboratorios farmacéuticos y las universidades requerían excrementos con los que realizar las pruebas pertinentes para acabar con ciertas enfermedades estomacales.

De hecho, ya existen algunos testimonios que vienen a certificar que su trabajo de mierda podría darle la guita necesaria para pagar el alquiler de su piso e incluso, si ponen empeño, para pagar la universidad de sus hijos. Solamente por mandar la solicitud e ir a un laboratorio universitario a que le realizasen las pruebas, para ver en qué estado se encontraba su salud, Jacob Hoerger cuenta que recibió 50 dólares (44 euros).

En caso de que estuviera sano y sus heces pudieran contribuir al objetivo que se habían marcado los investigadores de esa universidad, podría llegar a ganar hasta 100 dólares semanales. Sin necesidad alguna de cambiar sus hábitos, cada día recibiría 20 dólares (17,6 euros) por contribuir con sus excrementos al avance de la ciencia. Eso sí, para que descomer resulte tan sumamente rentable, primero hay que pasar unas estrictas pruebas: solo pasan aquellos que tengan todos los niveles de salud perfectamente ajustados.

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Tanto es así, que el bueno de Jacob se quedó con la miel en los labios. Después de hacerse a la idea de cuán beneficioso para su bolsillo podía ser defecar, le comunicaron que tenía un pequeño desajuste en el hígado y que, por lo tanto, sus heces no eran adecuadas. Él no se rindió, por supuesto. De hecho, esperó una semana para repetir las pruebas y se informó de cómo corregir esa anomalía. Es más, se planteó hasta realizarse un estudio médico por su cuenta y riesgo, cuyo precio ascendía a 600 dólares. Echó cuentas y no cuadraban. Para conseguir ese dinero tendría no solo que conseguir el trabajo sino también cagar como los mirlos.

Finalmente, las pruebas certificaron que no podría pasar a formar parte de la investigación. Eso sí, una investigadora de la universidad le propuso contribuir con sus heces a otro experimento. Gracias a esta otra oportunidad, podría ganar 50 dólares por cinco muestras de caca. Además, podría trabajar desde casa. Desde su peculiar oficina, ubicada en el retrete, se encargaría de fabricar el material de estudio y dejarlo en unos recipientes, que el equipo del laboratorio se encargaría de recoger. Un trabajo fácil y, claro está, placentero. O eso pensaba Jacob. Además de negociar con su compañero de piso para conseguir guardar las muestras en el congelador, bajo estrictas medidas de seguridad, descubrió que cagar bajo presión no era nada sencillo.

Un negocio redondo (o no)

Nuestro organismo necesita deshacerse de ese material y nosotros, avispados estrategas en el mundo de los negocios y de la vaguería, vamos a sacarle rentabilidad. Comemos, expulsamos aquello que repele nuestro organismo y, con el dinero que obtenemos, compramos más comida para mantenernos vivos. Un negocio redondo, cual boñiga.

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Y ya son algunos años en que más de uno y más de dos han convertido su inodoro en una máquina de hacer dinero. En Estados Unidos, el instituto sin ánimo de lucro OpenBiome, dedicado a la investigación en torno a los trasplantes de microbiota fecal, ofrecía suculentas sumas de dinero a quienes quisieran (y pudieran) contribuir con sus mierdas. “Somos el primer banco de heces que compra y vende material de este tipo y está abierto al público”, asegura Carolyn Edelstein, portavoz de este instituto.

Esta institución pagaba hasta 40 dólares (35,2 euros) por cada muestra, a los que habría que sumar 10 euros por defecación si se comprometen a aportar cinco a la semana. Así, una persona podía llegar a ganar hasta 250 dólares semanales trabajando duramente en el inodoro. Pero no todo el mundo era aceptado. De hecho, según apuntaban, de las miles y miles de solicitudes de aspirantes a ‘caganer’ profesional que llegaban, tan solo un 4 % de ellos acababan contribuyendo con sus cacas.

En España, el hospital Gregorio Marañón de Madrid fue el primero en realizar un trasplante de cacas (como se conoce vulgarmente el trasplante de microbiota intestinal). Como cuentan los profesionales sanitarios del departamento del aparato digestivo del centro, el proceso es sumamente sencillo y permite ayudar a los pacientes que padecen problemas estomacales.

Pero no nos engañemos. Como Jacob Hoerger pudo comprobar en primera persona, no es nada sencillo llegar a ser un ‘caganer’ profesional. La necesidad de dejar a un lado ese momento diario placentero para convertirlo en algo rutinario y, hasta cierto punto, estresante, no merece la pena cuando de ganar pasta se trata. Solo algunos son los privilegiados que, sanos como una pera, pueden optar a contribuir con sus heces al avance de la ciencia. Pero aún son menos los que pueden convertir el noble arte de manchar la porcelana en una ocupación profesional.

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Con información de Thrillist, El Mundo y BBC

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