Los países donde se conduce mal tienen gobiernos más corruptos (y no es casualidad)

Los accidentes de tráfico son la causa de la muerte de más de un millón de personas cada año en todo el mundo. Esos decesos son lamentablemente desproporcionados en países con economías en desarrollo y ahora un estudio muestra la sorprendente correlación entre el número de accidentes y la alta mortandad que provocan en países donde la corrupción galopa a sus anchas.

Bucarest, Rumanía. Desde la violenta caída del régimen de Tito, los ciudadanos rumanos se han esforzado por homologar su democracia  a los cánones occidentales y, de hecho, lograron entrar en la Unión Europea en 2007. Sin embargo, aunque su economía mejora poco a poco, el país no ha conseguido quitarse del medio a unas élites corruptas y eso tiene su traslado a la vida real de los ciudadanos. Donde primero se nota es en el mundo de la conducción. En 2013 hubo 8.7 muertes por cada 100.000 habitantes, mientras que en España, donde tampoco vamos sobrados de corrección política, hubo 3.7 muertes.

Para James O’Malley, autor de este estudio que relaciona niveles de corrupción con accidentes de tráfico mortales, Rumanía es un buen ejemplo para ilustrar su tesis. Lo que describe no es una partida de Gran Thieft Auto, pero se le parece. Los coches avanzan a gran velocidad por las avenidas de Bucarest, los semáforos parecen parrillas de salida de un Gran Premio y los intermitentes son un mero embellecedor de las carrocerías de los coches. Pero el país dacio no es el único ejemplo del ratio corrupción-muertes en carretera.

Otro ejemplo de muertes al volante y fragilidad institucional es Tailandia. Se trata del país con mayor incidentes en carretera con víctimas mortales de todo el mundo (en porcentaje) y cuyos niveles de tejemanejes entre políticos de toda cuna y condición han llegado a parar acuerdos internacionales. Irán también se lleva la palma en este aspecto. Las calles de Teherán son una yincana con una muerte cada 19 minutos causada por un accidente de tráfico.

Efectivamente, la corrupción en estos países tiene mucho que decir en todo este asunto del tráfico. No en vano, no parece haber un estado fuerte que haga cumplir la ley y, al mismo tiempo, tampoco hay un estado que se rija por las mismas normas que impone a sus habitantes, sino que actúan de manera arbitraria. Con corrupción flotando en el aire, cualquier conductor puede hacerse una gran pregunta: ¿por qué no me voy a saltar un semáforo si puedo sobornar al guardia de turno?

conducir

 

 

 

 

El dato que une corrupción y conducción es el ingreso medio del país. Ratios de muertes causadas por vehículos a motor describen una gráfica de U invertida. Así, los países pobres tienen pocas muertes en carretera. A medida que se desarrollan y aumenta su riqueza las muertes también aumentan hasta que alcanzan un punto crítico donde comienzan a descender. Como resultado de esta conexión que conecta los ingresos con los accidentes, los decesos en carretera y la corrupción siempre tendrán algún punto en común.

Pero la línea a trazar no es recta. La corrupción puede variar independientemente de la media de ingresos de un país. Un país muy pobre y y muy corrupto es relativamente seguro para los conductores siempre y cuando haya coches en el país. Mientras que otro rico donde la corrupción también campe a sus anchas tendrá carreteras en perfecto estado y potentes vehículos para saltarse todas las normas de circulación habidas y por haber.

O’Malley identifica varias formas en las que la corrupción puede influir en el riesgo de accidentes. La más evidente es a través de las mordidas con las que los intermediarios se quedan de los presupuestos de obras públicas y que minan la calidad de las carreteras. Esta corrupción hace que las vías no cumplan con un mínimo de seguridad.

En otro término, la corrupción alcanza a los estratos más bajos del funcionariado y, la gente, que no es tonta, simplemente pasa de los oficiales de seguridad o los soborna cuando les dan el alto. Si aquí –que muy posiblemente no seamos ejemplo de prístina gestión democrática- todos tenemos un primo o un tío que conoce a uno que trabaja en la ITV y que te hace la revisión de ese R5 Copa Turbo marronero que ya ha cumplido los 35 años, solo hay que imaginar cómo será una inspección técnica del Trabant en Bielorusia.

gobiernos corruptos y condución

Otro estudio similar, de 2010, encuentra fuertes correlaciones entre buena gobernanza y accidentes de tráfico, pero desde una perspectiva cultural. Algunos valores sociales como la autonomía intelectual suelen relacionarse con baja siniestralidad. Otras sociedades con estructuras férreas y jerárquicas tenderían a aumentarlos. Así, culturas que ven en el coche un tótem social, como un indicador de estatus serían más propensas al accidente. Sólo hay que echar un vistazo a los aparcamientos de las macrodiscotecas de extrarradio y la cantidad de neuronas que allí se congregan: menos que bujías.

Y al contrario, los gobiernos en los que la corrupción es baja tendería a mitigar estas desviaciones culturales. En países con altos niveles de compadreo y valores sociales negativos, la escabechina puede ser da aúpa. Así, si estás parado en un semáforo en un país dejado de la mano de dios (o en Italia) y todo el mundo se lo salta, no pone los intermitentes y el señor con gorra y silbato está acodado en la barra del bar, lo puedes tener claro: el gobierno de ese país, probablemente, no funciona bien.

Con información de QZ y Citymetric.

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