Jabalíes radioactivos, el enésimo problema de Fukushima

En marzo de 2011, un descomunal terremoto en alta mar que alcanzó los 9 grados en la escala Richter provocó el mayor tsunami de la historia al que se ha enfrentado Japón. Los 200.000 refugiados y un desastre nuclear de magnitudes apocalípticas fueron sus primeras consecuencias. Ahora, cinco años después, los cerdos salvajes se han convertido en la nueva pesadilla.

Tras el impacto de la ola gigante, la central nuclear de Fukushima, ubicada en la costa, sufrió daños considerables en su estructura. El desconcierto inicial, además de unos protocolos de seguridad conservadores, encaminaron a la tragedia. Tras varias explosiones en la zona del reactor y fugas de vapor radioactivo, las autoridades  y los ingenieros fueron incapaces de retener la radioactividad tras los muros de contención. Fue, tras Chernóbyl, el segundo mayor desastre nuclear del empleo civil de esta energía. Y para colmo de la desgracia, ocurrió en el único país en el que se ha empleado militarmente bombas nucleares.

Pero los problemas no acaban ahí. Hoy, cinco años después, el área de la central y los pueblos colindantes continúan contaminados. Nadie vive allí. ¿Nadie? Al menos ningún humano, pues parece que los jabalíes, cuando tienen que elegir entre bosques radioactivos o la compañía del hombre, eligen lo primero.

radioactividad

Según los expertos, este comportamiento no es ajeno a otras catástrofes relacionadas con la energía atómica o la guerra. Cuando en 1986 ocurrió el accidente en la central Vladimir Ilich Lenin de Pripiat, Chernóbyl, se aislaron unos 30 kilómetros a la redonda desde la zona cero. Lo que en un principio fue una catástrofe para la especie humana, en ausencia de ésta, para la fauna y flora salvaje de la zona ha supuesto una bendición. Los osos, zorros y lobos ucranianos han experimentado un crecimiento exponencial en los últimos 30 años.

Y esto no solamente ocurre con las hecatombes energéticas. Las tierras que quedan asoladas por la guerra o la guerrilla en zonas de Colombia o Venezuela hicieron en el pasado que los animales, que tontos no son, prefieran los peligros de ahí afuera para reproducirse sin problemas que la compañía de su mayor depredador: el hombre.

Volviendo a Fukushima y, con los antecedentes soviéticos, los científicos y las autoridades niponas se enfrentan ahora a una piara de cerdos salvajes de proporciones descomunales. Desde el tsunami, los jabalíes japoneses han vivido a sus anchas en el cementerio nuclear consiguiendo aumentar su población en un 300 por ciento desde que se evacuó a la población. Según los expertos ya llegan a los 13.000 ejemplares, han ocupado las casas a modo de refugio y se han estado alimentando de una estricta y nutritiva dieta radioactiva.

En un mundo perfecto, neolítico, contar con una población de 13.000 jabalíes salvajes sería una bendición para los cazadores. Además estos tienen una pinta lustrosa y afortunadamente la carne de jabalí es muy apreciada en el lejano Japón. Pero no todo es tan bonito. Si Uderzo y Goscinny hubieran dibujado un Astérix en Japón, Obélix lloraría amargamente.

nuclear

Las piaras están siguiendo una dieta de sabroso uranio enriquecido. Todo aquello que quedó bañado por la radioactividad es susceptible de ser ingerido por los cochinos y, según los científicos, estos muestran también altos índices de radiación que los hace altamente tóxicos para la ingesta humana. Y ya se sabe, una vez puestos a comer cerdo, de él se aprovecha todo, hasta los andares.

Sin embargo el problema no acaba ahí. El jabalí, voraz como pocos bichos, ha comenzado a ampliar su ecosistema adentrándose en las regiones contiguas a Fukushima en las que sí viven personas. El resultado, que las granjas y cultivos anejos que no estaban contaminados por la radiación están siendo arrasados por las manadas hambrientas. Y cada vez son más. El gobierno japonés asciende la cifra de daños causados en las cosechas a 900.000 dólares (más de 780.000 euros) y acaba de autorizar la caza masiva y sin discreción de las bestias.

Esto último nos lleva a otro problema añadido, porque en Fukushima nada es tan sencillo: qué hacer con los cadáveres de unos animales enormes.

De media, un jabalí japonés pesa 100 kilos y ocupa un espacio considerable. A 35 kilómetros de la zona cero, en la ciudad de Nihonmatsu, se han habilitado tres fosas comunes para unos 600 cuerpos, pero los pozos están ya al borde de su capacidad.

La otra solución que se baraja para hacer desaparecer a los animalitos nucleares sería incinerar sus cuerpos, pero es algo muy complicado. Para quemar los cadáveres de los jabalíes se necesita una instalación especial que filtre la radiación liberada en la combustión. Si esto no se previene, las partículas radioactivas pasarían a la atmósfera pudiendo provocar lluvia ácida. Si no se toman precauciones, aparte de haberse comido las cosechas pasadas, las cenizas radioactivas de los cerdos podrían así dañar las futuras. Un jaleo sin fin.

Existen unas instalaciones de este tipo en otra ciudad cercana, en Soma, pero sólo tiene capacidad de incinerar tres cadáveres al día. Y esto no es suficiente para atajar el crecimiento exponencial de animales. Y sí, si esto sigue así, los granjeros japoneses verán amenazada su forma de vida.

jabalí

Para hacerse una idea del problema que suponen 13.000 cerdos salvajes radioactivos volvamos nuestra vista a Cartagena, Murcia. Y es que, hace poco se supo que en un barrio de la ciudad de Cartagena los vecinos estaban sufriendo el acoso de alrededor de unos 150 cerdos vietnamitas. Al parecer una familia del barrio de Los Mateos crió como simpáticas mascotas a una pareja de esta exótica especie hasta que se hicieron grandes. Muy grandes. Y los soltaron en el monte.

Claro. Al igual que ocurre en Fukushima, sin especies predadoras alrededor, en este caso el hombre, los cerdos con comida, nacen, crecen y se reproducen exponencialmente y, cuando tienen más hambre atacan la despensa de la ciudad más cercana. Los humanos, por el contrario, no aprendemos. Unos, por criar cerdos vientamitas pudiendo tener un periquito. Los otros, por poner centrales nucleares donde no deben. La mezcla de las dos cosas puede ser insufrible.

Con información de: Businness Insider, El Confidencial, Wikipedia, The Washington Post y National Geographic.

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