Cuando las incubadoras eran un espectáculo de parque de atracciones

Las generaciones que asisten a cambios de siglo son raras. Sólo hace falta echarle un ojo a los ‘millennials’ para establecer un paralelismo con la gente que dio el salto del siglo XIX al XX. Entonces también hubo gente con extraños e interesantes comportamientos. Sin ‘youtubers’ a los que venerar, el ocio neoyorkino pasaba por emigrar cada fin de semana hasta Coney Island, al sur de Brooklyn para disfrutar de sus atracciones raritas y donde destacaba, entre mujeres barbudas y hombres de goma, una exposición de bebés prematuros.

¡Ah, Coney Island, el imperio del níquel! Aquel oasis para las clases medias que flotaba sobre un submundo de mafiosos y buscavidas que tan bien retrató aquel Woody Allen que vivía debajo de la montaña rusa. Ese Benidorm yanqui de fin de semana que se llenaba de turistas buscando el bullicio de las playas públicas y los parques de atracciones. Allí donde se mezclaban desde el inventor del perrito caliente hasta el Circo de los Horrores y, se lo crean o no, una atracción donde se mostraba a bebés en incubadoras.

Incubadoras

Aquello fue idea del doctor Martin Couney, un médico al que la historia de la obstetricia ha relegado a un papel marginal pero que, sin duda alguna, ayudó a salvar miles de vidas. Couney creó y lanzó esa atracción-incubadora, que estuvo en funcionamiento desde 1903 hasta comienzos de la década de los cuarenta. Aunque Couney, como decimos, murió en un relativo anonimato, fue uno de los pioneros en el desarrollo de las incubadoras que, en última instancia, han salvado a millones de neonatos de una muerte antes segura.

El primer medico en emplear incubadoras para prematuros fue el ginecólogo francés Stéphane Tarnier, que copió hacia 1870 la idea de un zoo de París en el que utilizaban incubadoras para mantener a los pollitos recién nacidos a la temperatura adecuada. A Tarnier se le ocurrió que aquel sistema podía servir para evitar que los bebés murieran de hipotermia en los fríos hospitales de la época. Pese a las críticas recibidas por sus colegas que, en aquel momento, no llegaban a entender que las mantas o de botellas de agua caliente no eran suficientes para mantener con vida a los pequeños, el obstetra logró convencer a sus coetáneos de que su invento funcionaba.

Una segunda generación de ginecólogos europeos refinó aquellas primitivas incubadoras añadiendo termostatos individuales y mejorando los sistemas de ventilación. Los comienzos del siglo XX fueron la época dorada de las Ferias Mundiales y en la de Berlín de 1896, el doctor Couney vio por primera vez aquella extraña urna. Sin pensárselo decidió llevarla a Estados Unidos, donde no se conocían todavía. La primera exhibición en Coney Island fue en el Luna Park, uno de los numerosos parques de atracciones ubicados en tan populoso barrio. A continuación abrió una segunda sala en el vecino Dreamland. Los visitantes pagaban un módico precio por la entrada para ver, a través del cristal, las filas de incubadoras con los recién nacidos en ellas.

Muchos de los niños que acababan en las exhibiciones de Couney llegaban desde hospitales que no podían hacerse cargo de ellos. En los primeros años del siglo XX, las tasas de mortandad infantil eran muy altas y de los bebés prematuros no se esperaba que sobrevivieran. La propia hija de Couney nació antes de lo debido y también pasó un tiempo en la exposición de su padre. El doctor nunca cobró a los padres por el servicio que prestaba que incluyó, incluso, varios turnos de médicos y enfermeras cuidando por la salud de los pequeños. Los visitantes, en cambio, abonaban 25 centavos por entrar a la sala de exposición.

incubadoras

Couney siempre afirmó que su propósito era mostrar cómo una maravillosa nueva tecnología podía salvar a los bebés más frágiles. Y, haciendo eso, trató de cambiar de parecer a una elitista casta médica que rehusaba emplear aquellas nuevas técnicas. Pero, visto dónde estaba emplazado, junto a circos de los horrores, mujeres barbudas y cervecerías y garitos de la más variada reputación, es difícil saber qué empujaba a los visitantes a cruzar sus puertas. ¿Fue Couney un hombre de ciencia o un empresario con un retorcido gusto por el mundo del ‘show’? El historiador Jeffrey Barker afirma que esta “es la pregunta esencial sobre Couney. Sospecho que tenía un poco de cada característica en él”. Por ejemplo, se sabe que Couney vestía de vez en cuando a los bebés con trajecitos más grandes de lo habitual para realzar lo pequeños que eran.

Couney se defendió en vida de las acusaciones que decían que en su ‘atracción’ no se cuidaba por la salud de los niños. En una entrevista al New York Times en 1939 afirmó que “toda mi vida he estado haciendo campaña a favor del correcto cuidado de los prematuros que en otros tiempos  estaban condenados a morir”. La ubicación en la que se encontraba su establecimiento, sin embargo, no ayudaba a disipar las dudas acerca de sus fines últimos.

Lo cierto es que Couney y el ambiente de Coney Island encajaban a la perfección. Fue un exitoso empresario en una tierra receptiva para los más arriesgados. Pero no fue hasta su muerte cuando las incubadoras se popularizaron a través de todas las maternidades de los Estados Unidos. Couney murió en 1950 en un cierto anonimato salvo para las familias a las que había atendido, de las que quedan testimonios afirmando que visitaban regularmente al doctor para agradecer lo que había hecho por sus hijos. Según diversas fuentes, Couney salvó de una muerte más o menos segura entre 7.500 y 8.500 niños.

Con información de PBSThe New York Times y People.

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