Los abuelos extorsionan a sus hijos para que sus nietos lleven nombres familiares

¿Llevas el nombre de algún familiar? Sabemos por lo que estás pasando: confusiones en las comidas de Navidad, tal vez un diminutivo estúpido y una ausencia total de una historia apasionante con la que explicar el porqué de tu nombre: “me llamo Anastasio por mi abuelo del pueblo”. Pues bien, recientemente se ha corroborado que son precisamente algunos parientes con ganas de que su memoria perdure hasta el infinito los que instigan a otros para que sus churumbeles repitan denominación de origen.

Hablamos, cómo no, de los yayos. Un pozo de sabiduría y un dechado de virtudes, pero también lo suficientemente extorsionadores como para convencer a sus hijos de que los nietos no pueden llevar el nombre de un personaje de ‘Juego de Tronos’.

‘The New York Times’ ha publicado una historia digna de las mejores sagas de mafiosos. En ella se recogen testimonios de abuelos que son capaces de pagar a sus hijos para que les pongan nombres de la familia a los nietos. Sí, pagar: al parecer, una pareja estadounidense aceptó 10.000 dólares (más de 8.800 euros) para llamar a su hijo Frank en vez de Max.

Abuelo

Jennifer, la joven madre del bebé Frank, no estaba por la labor de ponerle ese nombre, con lo que rompería una vieja tradición de su familia política. Sin embargo, el dinero les venía muy bien, porque la empresa en la que trabajaba no tenía contratado un seguro de maternidad. No le quedó más remedio que ceder, como hizo una diseñadora gráfica que no recibió 10.000 dólares, sino directamente un cheque en blanco: su suegra le preguntó cuánto dinero tendría que pagar para que su nieta recibiera un nombre del lado de su familia.

Hay un sinfín de historias insólitas, como la protagonizada por un señor que ofrecía el negocio familiar a unos padres de su familia si el bebé se llamaba como él. Otros parientes ofrecieron costear una boda de ensueño a una madre que no se lo podía permitir, siempre y cuando pudieran nombrar al primer niño como ellos quisieran.

Maryanna Korwitts, una consultora estadounidense de ‘naming’, opina que muchos padres ceden a los abuelos porque viven aún con ellos o dependen económicamente. “Puedes sentirte en deuda con sus deseos”, concluye.

Al final, hay quien intenta encontrar solución para todo: ponerle un nombre oficial para luego llamarlo de otra manera en el día a día, o combinar el nombre impuesto con otro que los padres desean. Pero es difícil escapar de la tiranía de los abuelos.

Hijos

En sí, la práctica de poner a los hijos nombres de parientes no sorprende nada: es muy común que en los pueblos españoles (esos lugares donde reinan los rebañaorzas y los chalanes) lleven los nombres siguiendo un curioso árbol genealógico que comienza en el abuelo paterno (sí, de nuevo el machismo) y puede terminar en el padrino de pila o el santo del día. Esa costumbre se está perdiendo y cada vez más padres optan por poner a su hijo Iker (o cosas peores), así que la extorsión está subiendo como la espuma.

La ciencia no le da la razón a los abuelos

Por mucho que la senectud quiera perpetuarse en la memoria de las nuevas generaciones, hay argumentos para no hacerlo. Según el pscioterapeuta Jorge Llano, si llamamos al crío como un familiar “se le invita a que ocupe el lugar del otro, porque un nombre tiene una historia y es muy posible que ese niño acabe identificándose con el destino de ese nombre”.

La cosa se complica si el familiar ha fallecido: puede que “te conviertas en un sarcófago porque llevas un muerto dentro que también se expresa y que hace que el vivo se sienta un poco muerto”, opina Llano.

Por tanto, tengamos cuidado poniendo el nombre a los niños y no escuchemos los cantos de sirena de los yayos. Quién sabe, probablemente nuestros hijos nos lo agradezcan en el futuro: las reuniones familiares pueden ser más tranquilas. Eso sí, tendrás menos dinero en la cuenta corriente.

Con información de The Huffington Post y El Mundo.

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