Retrato del chalán, el viejo que movía el alquiler y la compraventa antes de Idealista

Los pueblos de España están llenos de personajes pintorescos. Si hace unas semanas el rebañaorzas arrasó con la bodega de la casa familiar en el pueblo, hoy toca hablar de un señor que enlaza con la tradición española de la picaresca y al que puedes encontrar en los lugares menos previstos, como en los velatorios. Es el chalán.

El chalán es un hombre algo mayor que se conoce los terrenos cercanos a los pueblos mejor que las sondas espaciales y los funcionarios del catastro juntos. Sabe qué fincas están a la venta y busca compradores para ellas. Su búsqueda de material para la compraventa le lleva a situaciones disparatadas: cuando fallece el dueño de alguna de ellas y los hijos vienen de la ciudad para enterrarlo, se acerca sigilosamente a ellos (probablemente esperaba su llegada agazapado entre las coronas de flores) y les dice: “No os preocupéis, que yo os vendo las tierras”. Eso sí, previamente les ha dado el pésame. Educación ante todo.

El término procede del francés ‘chaland’, “cliente” en castellano, y en la RAE nos recuerdan que también sirve para referirse a esas personas que se encargan de comprar y vender caballos y otros animales, todo ello con “maña y persuasiva”. Porque si algo tiene el chalán es labia. Y si no, tira de insistencia para ser, como dicen en los pueblos, más pesado que una vaca en brazos (sí, probablemente también consiga vender las vacas de tu familiar fallecido).

Chalán

Puede parecer que el chalán hace un servicio de ayuda a la sociedad, pero tienen poco de ONG. De hecho, desprenden un tufillo a estafador que tira para atrás. Hay que tener cuidado con sus labores de intermediario. Por supuesto, querrá cobrar en negro, así que si te sirves de sus tretas sé un buen contribuyente y exige siempre factura.

La figura del chalán ha sido recogida hasta en libros, lo que da una cierta idea de su importancia. Cuando los escritores extranjeros venían en el siglo XIX a conocer los misterios andaluces, no solo se detuvieron en la Alhambra: el británico Richard Ford, en su ‘Manual para viajeros por España y lectores en casa’, dijo esto del chalán: “Con frecuencia engaña tanto al vendedor como al comprador […]. Estos tramposos son muy aficionados a tomar el pelo al cristiano o al pagano”.

El chalán intenta pasar desapercibido y por su aspecto externo nunca dirías que es un estafador: bien vestido, peinado… Sin embargo, cuando te llegue alguien con ganas de ser tu notario particular (sin pagar IVA, claro), por muy bien que huela (colonia comprada en la única droguería del pueblo) o vestido que esté (dudamos que él sea capaz de plancharse sus propias camisas), desconfía de él.

El chalán también se caracteriza por vender a precio de oro lo que no merece tanto. El 3 % tan cacareado últimamente se lo queda él, si no más. El propio Ford ya lo advertía en el siglo XIX: “Tiene a pesar de todo un vislumbre de los misterios del embuste y del arte del camuflaje y disfraz de los caballos”. El buen hombre venido desde la pérfida Albión nos advierte, además, de que busquemos “alguna persona particular honorable” que nos recomiende “gente digna de crédito”. O como diríamos ahora: para la compraventa de tus tierras, pide que te asesoren en el ayuntamiento, una inmobiliaria o el consultorio legal de la revista Pronto. Pueden ser igual de estafadores, pero al menos tendrás una segunda opinión.

Catastro

Repudiado en España

No te preocupes, que el odio que le tienen al chalán en el pueblo de tu amigo es algo sintomático de España: Fernando VII decretó que los gitanos andaluces que en el siglo XIX ejercían de chalanes debían llevar siempre encima documentos personales, papeles con las características de los caballos que intentaban vender y un registro de las transacciones realizadas. Esto último debió provocar verdadero pavor en este peculiar gremio. Pídele papeles ahora a un chalán y lo más probable es que te saque la tarjeta para sellar el paro.

Indigna y maravilla a partes iguales, pero lo que está claro  es que el chalán es el pícaro rural de nuestros días. Alguien que, sin apenas dar palo al agua, tiene una gran capacidad de sobrevivir. Siempre al acecho de nuevas tierras para vender, ¿tienes algo que ofrecerle?

Con información de Andalupedia.

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