Retrato del rebañaorzas, el veraneante que saquea la despensa de la casa del pueblo

España, finales de agosto. Miles de veraneantes regresan a la ciudad tras unos días de descanso en sus pueblos de origen. Las maletas vuelven cargadas de recuerdos, como el reencuentro con familiares y amigos, las largas tardes de piscina y siesta y las noches en la terraza del bar. Pero no solo va eso. Entre la ropa y el neceser, algo mucho más jugoso se esconde.

Ahí, probablemente en forma de bolsa envasada al vacío o tarro de cristal pasado por el baño María, marchan a la urbe embutidos y tomate en conserva. Incluso, al lado de la maleta, puede ir una caja de cartón o una bolsa de plástico llena de patatas, cebollas o pimientos verdes, tomados de la huerta familiar. Así, estos veraneantes de la capital llegan para arrasar con las despensas de la casa del pueblo. Esa gente tiene un nombre: son los rebañaorzas.

Los rebañaorzas o arrebañaorzas cuentan incluso con una entrada en Wikanda, la Wikipedia de Andalucía. Son aquellos emigrantes que regresan a su casa por unos días y se llevan muchos de los embutidos que han sido curados desde la matanza del invierno o las hortalizas que crecen en los huertos de los caminos durante los meses del estío. El nombre hace referencia a las orzas, unos utensilios de barro donde antiguamente se ponían a conservar trozos de carne. De hecho, todavía se consume, aunque no se guarde en esas vasijas, el llamado lomo de orza, exquisitos filetes de cerdo guardados en una mezcla de aceite de oliva, tomillo, pimienta… Por supuesto, los rebañaorzas también se lo llevan.

Quizá nunca hayas oído la denominación de rebañaorzas, pero no te preocupes, que tiene sinónimos. Dos de ellos son vaciacorrales o limpiacorrales, y es que al saqueo de las despensas hay que añadirle el de los animales que, antiguamente, compartían espacio en las casas de los pueblos con la familia. Así, además de llevarse los embutidos o incluso los dulces caseros, el exquisito residente de la capital llega para llevarse los excelentes huevos de las gallinas del tío de tu primo segundo, que a veces vienen incluso con dos yemas y que son la envidia de ese mundo de asfalto en el que vive. De la paja del huerto al maletero.

Ahora bien, los rebañaorzas o vaciacorrales, ¿son queridos? Seamos sinceros: no. Al que se quedó en el pueblo puede hacerle ilusión que regresen para pasar unos días con ellos, pero también sufren su presencia (principalmente, la familia política) porque no saben cuántos víveres quedarán una vez se marchen. Así, y sin que te des cuenta, tu cuñado habrá hecho desaparecer los jamones que estaban colgados en la cámara (parte superior de la casa usada como almacén) o los botes de berenjenas en vinagre que guardabas en una alacena y que tanto trabajo te había costado cocinar.

Chorizo

Dónde llevar la mercancía

Por supuesto, los rebañaorzas son conscientes de que terminarán llevando más peso en el coche que cuando llegaron. Al fin y al cabo, sus movimientos son premeditados y no dejan nada a la imprvisación. Por eso, dejan espacio de sobra en el maletero. Si viajas en tren, la cosa se hace más difícil porque hay un límite de paquetes. Por tanto, un rebañaorzas de postín debe tener vehículo propio o un amigo o familiar dispuesto a cederle algo de espacio en el portaequipajes del suyo.

Otra opción es regresar al lugar habitual de residencia en autobús, cuyos maleteros son más amplios y permiten meter varios bultos (eso sí, que vaya alguien a ayudar a la estación de destino). Y si al residente del pueblo no le gustan los rebañaorzas, este especímen tampoco cuenta con muchos amigos entre los que viajan en autobús con una sola maleta o bolsa de viaje, porque se puede encontrar con que no tiene dónde encajarla, después de que los rebañaorzas hayan hecho suyo todo el espacio.

En cualquier caso, hay que intentar comprenderlos: en el pueblo hay muchas cosas típicas que en las ciudades son imposibles de conseguir. O más baratas y, en cualquier caso, más auténticas. Además, de este modo apoyan al pequeño comercio. ¿O es que es lo mismo comprar el aceite de oliva en la cooperativa de un pueblo que en una gran superficie? Lo mismo se puede decir de los dulces: elaborados artesanalmente en la misma panadería donde se compra un pan casero cocinado desde las cinco de la mañana. Unos dulces sin aditivos, conservantes o colorantes. ¿Alguien da más?

aceite

Más allá de los Pirineos

Los rebañaorzas traspasan fronteras y llevan cajas de cartón llenas de productos típicos incluso hasta Alemania. Hace unos años, el diario Ideal de Jaén (tierra tan de vaciacorrales como cualquier otra provincia andaluza o extremeña) contó la historia de Felipe Arroyo, hijo de emigrantes de un pueblo de la zona que cada año se hace más de 2.000 kilómetros para veranear en la tierra de sus padres. A la vuelta, carga el coche con los productos típicos, entre los que destacan alcaparras y aceitunas para que su madre los prepare con aliños tradicionales y sentirse así más cerca de su casa.

El verano acaba y llega el temido momento. Madres y abuelas se afanan para tenerlo todo preparado: los foráneos ya cierran las maletas y se disfrazan por unas horas de rebañaorzas para dejar a sus respectivos pueblos temblando. Hasta el año que viene, queridos vaciacorrales.

Con información de Wikanda (1, 2) e Ideal de Jaén

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