La ‘caja de pedos’ del S.XIX, un instrumento en peligro de extinción

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Si nos ponemos a elegir, musicalmente hablando, la mayoría nos decantaremos por un solo de guitarra, una voz desgarradora o, ya puestos, por una mezcla de ritmos digitales. Los más clásicos se quedarán con la genial interpretación de un músico oboe en mano, con una tuba o, por qué no, con un fliscorno.

Desde luego, con cualquier cosa antes que con el octobass que, desde luego, no se gana fácilmente el cariño de los amantes de la música: solo hay unos cuantos en todo el mundo.

Ya seais adeptos al concierto de año nuevo de la Filarmónica de Viena, a la temporada de zarzuela en el Teatro Real o al rock más callejero, lo más probable es que no hayáis visto un octobass encima de un escenario en vuestras vidas. Se trata de un instrumento tan legendario como desconocido. Fue creado allá por 1850, en París, por el afamado constructor de violines Jean-Baptiste Vuillaume. Por desgracia, tan solo se conservan dos originales.

Perteneciente a la familia de la cuerda, hay quien podría confundirlo con un violonchelo o con un contrabajo, ya que tiene una forma muy, muy parecida. Ahora bien, si conociéramos a la perfección estos instrumentos y nos situásemos junto a uno de los pocos ejemplares de octobass que existen, seguramente sabríamos distinguirlo a la primera. Bastaría con ver su altura. Ni el contrabajo ni el violonchelo alcanzan los dos metros. El primero de ellos es aproxidamente sesenta centímetros más alto que el segundo, pero no puede superar los más de 3,5 metros de altura que tiene el octobass.

De hecho, quien se atreve a interpretar alguna obra con el no pulsa con sus dedos las cuerdas sobre el mástil. Para ello, ya que las cuerdas son tremendamente gruesas, existen unos arcos que presionan en distintas partes y que los músicos que se atreven a tocarlo accionan a través de unas palancas.

Tal es la envergadura de este instrumento que los intérpretes tienen que subir dos escaleras para alcanzar una pequeña tarima desde la cual accionar esas palancas.

Una vez que logran poner sus manos en esas barras y se acostumbran al inmenso arco que necesitan para frotar las cuerdas, se puede dar el caso de que no sepan la nota que está emitiendo su instrumento. Esto se debe a que el octobass es capaz de alcanzar registros sonoros tan bajos que son imperceptibles para el oído humano.

“He pasado algunas semanas con ese monstruo y hay un nuevo mundo por descubrir”, reconocía la intérprete noruega de contrabajo Guro Moe. Sus sonidos son, de hecho, tan sumamente graves que guardan cierto parecido con el de las mismísimas ventosidades humanas. “Se siente muy parecido a una tormenta de truenos”, apunta Guro.

Son muchos los que, al tocar el octobass por vez primera, reaccionan como lo harían en una reunión de amigos (en la que sobra la confianza) si se les escapa una ventosidad. No pueden evitar las carcajadas que, al final, se acaban por transmitir a todos los presentes en la sala.

El tamaño importa

Hay quien asegura que el octobass es el instrumento más grande jamás creado. Si bien es cierto que hay otros muchos candidatos a llevarse dicho galardón, uno de los que podría plantarle cara sería la ‘titanic tuba. Es tan sumamente grande que son necesarias dos personas para hacer música con él. Mientras una de ellas se encarga de soplar y exprimir al máximo sus pulmones, la otra debe accionar las válvulas para obtener una u otra sonoridad.

Sin duda alguna, la ‘titanic tuba’ también podría arrebatarle el título de ‘caja de pedos del siglo XIX’ a la creación de Jean-Baptiste Vuillaume. Por ahora, y ya que no suelen ser habituales en el elenco de instrumentos que componen una orquesta, sí que podemos ir a ver el octobass a París o al Musical Instrument Museum de Phoenix, en el estado estadounidense de Arizona. Tanto si sabes tocar el chelo o el contrabajo como si no, lo pasarás en grande.

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Con información de The WireCmuseDiggGeeklogieWikipediaThe Huffington Post y Musical Toronto

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