No me chilles que no te veo: historia de los cacharros para hablar con el otro barrio

Querer hablar con los seres queridos que ya no están con nosotros no es algo que haya inventado el diario As haciendo una ouija. Desde el siglo XIX, el espiritismo ha intentado contactar con el más allá de las formas más extravagantes posibles, desde la clásica mesa donde la gente se arremolinaba para hacer una llamada sin cobro revertido hasta otras que nacían a sabiendas de que eran un auténtico fraude.

Planchette

Las conocidísimas ‘ouijas’ tenían una hermana mayor en la época victoriana. Se trata de las ‘planchettes’, unas rudimentarias tablas con las que podías realizar un Skype espectral o jugar al cadáver exquisito (nunca mejor dicho), ya que contaban con un lápiz que escribía automáticamente (con ayuda de nuestra mano, claro) los mensajes que los muertos querían mandar.

Planchette

La web Mysterious Planchette, que recoge algunas de estas tablillas, explica que en París, donde nacieron, se difundieron con rapidez “sin duda por la idea tentadora y a menudo con carga sexual de una comunión espiritual cooperativa, con hombres y mujeres sentados en contacto cercano, en ocasiones con poca luz y con sus manos tocando el tablero”. Eróticamente macabro, ¿no?

Mientras las ‘planchettes’ se popularizaban (un museo virtual muestra tablillas de 1860 a 2005), otros pensaban que con una simple mesa los fantasmas podían contactar con los humanos como si estuvieran en una película de artes marciales: a golpes. Y con blandiblú incluido: surgió la creencia de que los espíritus podían generar un material llamado ‘ectoplasma’ (sí, como el insulto del capitán Haddock) que interactuaba físicamente con los humanos.

De este modo, de nuevo reunidos ante una mesa y tras conjurar a los espíritus a lo Aramís Fuster, se irían recitando las letras del abecedario hasta escuchar un golpe, que significaba que se había llegado a la letra idónea, y así se iría formando un mensaje. A saber cuántas horas tardaban en escribir un simple ‘Tengo hambre’.

Pero la cosa no queda ahí. Hubo espíritus que, cuando contactaron con los humanos, les sugirieron inventos para poder realizar una ‘conference call’ entre sus mundos. En los años 50 del siglo XIX, un granjero de Ohio (Estados Unidos) llamado Jonathan Koons construyó una habitación para establecer estos contactos: el Cuarto Espiritual.

Según las informaciones de aquella época, los Casper decimonónicos le habían transmitido las medidas exactas: 3,65 x 4,26 metros, ventanas cerradas, una única puerta y, atención, numerosos instrumentos musicales, como una guitarra, una trompeta e incluso un triángulo.

Aquello parecía más un festival de Eurovisión fantasmagórico que otra cosa: los espíritus tocaban los instrumentos y se atrevían con unos gorgoritos sobrenaturales (“algo como voces humanas”, cuentan los que lo presenciaron) en una lengua que no parecía inglés. Obviamente, también había tiempo para comunicar mensajes.

Hermanos Davenport

En otras ocasiones, parece que solo había ganas de molestar a aquellos que gozaban del descanso eterno, obligándolos a trabajar. Los espiritistas hermanos Davenport también se comunicaban con los muertos en el siglo XIX, sí, pero no para charlar, sino para que los ayudaran a deshacerse de las cuerdas con las que estaban atados dentro de una especie de armario mágico, el que se ve en la imagen superior. Cuando las puertas se abrían, estaban desatados, y los fantasmas probablemente con un mosqueo de narices.

Sea todo esto verdad o no, muchos intentaron hacer negocio con las ilusiones de la gente. Algunos creyeron que la fotografía servía para tener un retrato sobrenatural con los seres más queridos: en Boston (Estados Unidos), los vecinos iban a casa del fotógrafo William Mumler, describían al finado y se dejaban retratar. A los pocos días recibían una imagen en la que aparecían acompañados por una etérea imagen de alguien… que estaba tan vivo como ellos. Mumler fue juzgado por fraude.

Ya entrados en el siglo XXI, un ingeniero estadounidense consiguió ‘hablar’ con su fallecida hija adolescente a través de un dispositivo que detectaba actividad paranormal. La idea se le ocurrió tras presenciar movimientos extraños en su casa, como el cambio imprevisto de canales de televisión o llamadas al timbre. Como no se le ocurrió que los aparatos podían tener un problema o el vecindario un niño bromista, usó sus conocimientos de electromagnetismo para crear un cacharro con el que grabó a su hija diciendo “Hola, papá. Te quiero”. Tras ello, patentó la idea y pasó a formar parte de un catálogo de más de 30 productos para contactos paranormales.

Ouija

Y en este repaso no podemos olvidarnos de la ouija o güija, nacida a finales del XIX y protagonista de extravagantes reuniones de veinteañeros que prefieren contactar con los muertos antes que jugar al Party o al Yo Nunca. Versión 2.0 de las ‘planchettes’, el tablero tiene letras y números. Los participantes ponen su dedo índice sobre un vaso, preferiblemente de chupito, y convocan a los espíritus, encargados de mover el cristal de acá para allá como si fuera la pista de una discoteca.

Lo más curioso es que la ouija se comercializó a mediados de los 60 como un juego de mesa, de la mano de Parker Brothers, los mismos del Risk, el Cluedo o el Monopoly, así que olvídate del parchís y la oca y propón a tus amigos una llamada de larga distancia entre copas de vino y tablas de quesos. El As sabrá reconocértelo.

—————–

Con información sobrenatural de Collectors Weekly, Wikipedia y Daily Mail. Imágenes de Marcelo BragaPatrick Emerson y Wikimedia (1, 2, 3)

Tenemos más historias intrigantes:

La loca del ramo de flores: ha cazado 46 en las 80 bodas a las que ha asistido

– El misterioso casino de Las Vegas que solo abre una vez cada dos años

Dubai Frame, posiblemente el rascacielos más extraño del mundo

El tapador de matrículas y otros diez insólitos trabajos que probablemente no existen en tu pueblo