Un restaurante vegano prefiere pagar la multa (y echar el cierre) que matar a las cucarachas

Hay quien no profesa la religión que, algún tiempo atrás, trajo a este mundo el bueno de Groucho Marx. Aquella que se fundamentaba en la risa y en el clásico “estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”. Hay quien prefiere aferrarse a aquello en lo que cree cueste lo que cueste, aunque una plaga de cucarachas eche por tierra su negocio y, de paso, le obligue a responder ante las autoridades sanitarias con una multa de 16.000 dólares (más de 10.900 euros).

Esto mismo ha ocurrido en un restaurante vegano de Canberra, en Australia. Su propietario, el señor Khanh Hoang, muy concienciado con los derechos de los animales, decidó que si aquellos parásitos habían elegido la cocina del Kingsland Restaurant como lugar de veraneo, nada podía hacer para largarlos de allí.

No podía herirlos porque sus más firmes creencias se lo impedían. Como pone en su web, ‘Be Vegan + Make Peace’ (Se vegano + Haz la paz).

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No obstante, al parecer, Khanh Hoang era de la rama más dura del veganismo. Otros tantos apuestan por técnicas, siempre naturales, para invitar a los parásitos que vienen a visitarles. Hay ciertos colectivos, también muy concienciados con el sentir y el padecer de los animales, que proponen invitar a abandonar el recinto a las cucarachas con hojas de laurel. Para estos insectos, según cuentan, el olor que desprenden las mismas sería similar a si nos quieren largar a nosotros de cualquier lugar y nos plantan una buena montaña de calcetines sudados. Algo insoportable.

Lo cierto es que sería poco efectivo con las cucarachas que predominan en Australia, ya que para ellas el olor de las hojas de laurel no es tan apestoso. Podrían aguantar sin que les incordiase demasiado. Y claro, luego pasa lo que pasa: los bichos, sin cortarse lo más mínimo, empiezan a procrear, y donde antes había tres, luego hay seis, ocho, doce, veinticuatro… Y así hasta que se convierte en una plaga.

Un día se presenta en el restaurante un inspector de sanidad, alertado por algunos clientes que algo extraño habían notado, y se percata de que allí no hay gato encerrado, sino cucarachas y mucha, mucha suciedad.

Da igual que el abogado del señor Hoang alegue que era un vegano apasionado, el juez acaba decretando que por cada uno de los ocho delitos cometidos en materia de seguridad debe pagar una multa de 2.000 dólares (más de 1.300 euros). Al final, al contrario que las cucarachas, el que tiene que dejar el negocio es su propietario.

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Porque no solamente profesaba y practicaba con pasión el veganismo, sino que, además, lo de limpiar parece que no iba con el propietario del Kingsland Restaurant. “Las paredes y el suelo no se habían limpiado en un período considerable de tiempo y tenían una gruesa acumulación de grasa, suciedad y otros materiales“, informaba un medio australiano. Parece que, después de todo, las que mejor vivían eran las cucarachas.

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Con información de Canberra Times, Vice, Brisbane Times y The Daily Meal.

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