¿Putin sentenciado?… ¡Vamos, hombre!

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene tras el discurso del presidente de Ucrania

CongresoZelenski en el Congreso

Multitud de gente de bien, con numerosos intelectuales, piden hoy que el presidente Putin sea juzgado por un Tribunal internacional acusado de la comisión de crímenes de guerra. La casi totalidad de los medios de información occidentales titulan y editorializan con el mismo deseo.

El hallazgo de unas decenas de civiles asesinados en una localidad cercana a Kiev ha colmado el vaso de la indignación.

Ese proceso, sin embargo, no va a ocurrir: Putin no será juzgado. No porque en su agresión a Ucrania no se hayan llevado a cabo prácticamente todos los crímenes que contienen las convenciones de la Haya de 1899 y 1907, la de Ginebra de 1949 y, más iluminadoramente, las del reciente Estatuto de Roma que creó el Tribunal Penal Internacional.

Esos convenios internacionales dicen que un crimen de guerra lo constituye: un asesinato, la tortura, las deportaciones, el saqueo, la utilización de determinadas armas de guerra (químicas, de racimo…), la destrucción sin motivo de ciudades, la devastación innecesaria, la violencia sexual, tomar civiles como rehenes… Al parecer los soldados de Putin han hecho todas estas tropelías canallescas… El Estatuto de Roma también incluye la agresión.

Más complicado sería acusarlo de genocidio que el Estatuto define como un “acto cometido con intención de destruir, total o parcialmente, un grupo nacional, étnico, racial o religioso”. Enarbolar el genocidio sería discutible, sin embargo los demás delitos mencionados, si creemos a los ucranianos, a periodistas, a miembros de ONGs -algo que debería decidir el Tribunal Internacional- han sido reiteradamente perpetrados.

Ahora bien, Rusia, no es Sudán, en estos días se juzga a uno de sus antiguos jefes militares, ni Ruanda, ni Sierra Leona, ni la antigua Yugoslavia. Para comenzar, Putin que había firmado el Estatuto de Roma, se retiró antes de haberlo ratificado. No es parte de él. Tampoco lo son Estados Unidos, ni siquiera Ucrania aunque sus autoridades declararon en 2014 que sus disposiciones podían aplicarse en su territorio. No formar parte plantea fricciones con el texto legal citado.

Luego, Rusia es un miembro permanente del Consejo de Seguridad. En consecuencia, abandonad toda esperanza que diría Dante. Zelenski, en su emotiva intervención del martes en la ONU ha dicho elocuentemente que “el derecho del veto no significa el derecho de matar”. Lleva razón y podía haber añadido ni el de agredir ni el de alterar las fronteras. Dicho esto, si somos realistas, a un grande no se le juzga a no ser que hubiera una revolución en su país y las nuevas autoridades decidieran entregarlo a la justicia internacional. Esto no va a suceder por mucho que Biden tilde a Putin de carnicero y de criminal de guerra.

Las fotos de Boutcha van a multiplicar el desprestigio de Putin y restar autoridad a aquellos que en Occidente (expertos como la francesa, Hélène Carrère d´Encausse, el americano John Mearsheimer...) encuentran, si no justificable, sí más o menos compresible la agresión de Putin…, pero no llevarán al ruso al banquillo.

Mientras tanto sigue pasmándonos un hecho inaudito: una enorme cantidad de rusos (¿50%?) continúa creyendo que la agresión de Putin a Ucrania, el bombardeo de objetivos civiles, la deportación de miles de personas, las pifias del ejército ruso… son patrañas inventadas por Estados Unidos y la OTAN en “su obsesión por humillar a la gran Rusia”. Después de 35 días de guerra y más de diez mil soldados rusos muertos, la persistencia de esa creencia resulta penosamente asombrosa.

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