¿Salvará el gas a Ucrania?

Volodimir Zelenski, presidente de Ucrania

Europa PressVolodimir Zelenski, presidente de Ucrania

Putin no permitirá que Ucrania sea verdaderamente independiente. La aproximación de este país a la OTAN o incluso a la Unión Europea reviste casi la consideración de casus belli. Los dirigentes ucranianos ven así surgir un veto: no pueden hacer nada que moleste verdaderamente a Moscú. El Kremlin lo hace saber a Washington y a los europeos. El momento de plantear la exigencia no es desacertado: Biden está, con popularidad a la baja, enredado en serios problemas internos con el frenazo a su ambicioso programa económico, Alemania tiene un nuevo gobierno con rencillas internas que comienzan a aflorar y la Unión Europea cuenta con claras divisiones al afrontar la amenaza rusa.

Por todo ello, Rusia continúa haciendo ruidos militares en la frontera con Ucrania donde se dice que ha estacionado 100.000 efectivos para una no descartable y casi anunciada invasión.

La situación alemana es paradigmática como muestra el tema del gasoducto Nord Stream 2 que debería llevar una importante cantidad de gas ruso a Alemania y Europa soslayando el territorio ucraniano. Técnicamente, el gaseoducto está casi terminado, falta la aprobación formal del gobierno alemán. Merkel la había bendecido pero el nuevo gobierno tripartito, una parte de él, tiene más que remilgos. Cuando Pedro Sánchez disputaba el poder a Rajoy presentó un programa de gobierno donde de 18.000 palabras sólo dedicaba 5 al problema catalán. Iluminador, blanco y en botella. A muchos se nos cayó la venda de los ojos, Sánchez, si llegaba a Moncloa no establecería como prioridad luchar contra el separatismo.

La omisión escandalosa surge ahora en el documento del tripartito alemán. Tiene 177 páginas y el gasoducto no es mencionado ni una vez. El nuevo canciller Olaf Scholz estaría por aprobarlo. Constituiría un respiro energético para Alemania y Putin podría calmarse. Los verdes, entre ellos la ministra de Exteriores, Annalena Baerbock resultan menos comprensivos. Argumenta ella, Verde como es, que no respeta compromisos medioambientales y que hipoteca la seguridad alemana.

En una situación normal Scholz se llevaría el gato al agua. Entra en escena, sin embargo, la cuestión ucraniana. El ruido de sables y de tanques rusos encrespa a los europeos que repiten, con Estados Unidos, que si Rusia invade las consecuencias económicas serán considerables. La congelación del gaseoducto será quizás la primera sanción. No es extraño que en ciertos países europeos que detestan a Rusia desde la guerra fría, por haber sido sus vasallos, casi se desee que los rusos aumenten su ingerencia en Ucrania para que el gasoducto fenezca.

El deseo no verbalizado chocará con la realidad. Putin, que ya confesó que la desaparición de la URSS fue una hecatombe, debe estar dispuesto a atrasar sus ingresos por el gasoducto con tal de meter en cintura a Ucrania y enseñar los dientes a una Europa dividida. No olvidemos que la última intervención rusa en su antigua hermana hace años costó unos 14.000 muertos. Moscú es temido.

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