España más ausente del tablero

La MoncloaPedro Sánchez

En los coloquios que siguen a la presentación de mi nuevo libro en varias ciudades españolas, y que este jueves 16 presentaré en el Ateneo madrileño, las preguntas se centran casi exclusivamente en cuestiones internas españolas: ¿Quién miente más, Sánchez o los independentistas catalanes?, ¿por qué los sindicatos no se agitan ante la situación económico social de España, el loco precio de la electricidad, etc…?, ¿los ha “comprado” el gobierno? No hay muchas preguntas sobre la política exterior aunque los asistentes saben que mi profesión es la diplomacia.

Sin embargo, hay una de estas que se ha repetido: ¿No está perdiendo España la posibilidad de convertirse en uno de los grandes de Europa ahora que Gran Bretaña ha hecho mutis de Unión Europea? La respuesta no es simple pero sí podemos, generalizando, extraer una conclusión que me ha traído a la cabeza leer un artículo en Le Monde sobre el futuro de Europa. La señora Kauffman que lo firma dice que las perspectivas pueden, después de las elecciones germanas, ser más halagüeñas para la Unión. Macron es europeísta convencido, el nuevo canciller alemán, que ha comenzado su mandato visitando París, también hace alarde de querencias europeas, la Comisión, con la señora von der Leyen alumbra un nuevo dinamismo y Draghi, el primer ministro italiano tiene la aureola de haber salvado al euro.

Esos cuatro son pues los ases de la baraja europea. Sánchez no sabemos si es una sota, un siete y un diez. Está en un escalón obviamente más abajo.

La situación no es nueva, venimos pintando menos. Lo novedoso es que aparezca el italiano, el español no, aunque Sánchez siga con su triunfalismo interno y externo; fuera no se lo creen. Hace días un destacado escritor andino me decía que en Iberoamérica España cuenta ahora menos, y que nuestra opinión pública parece escasamente interesada en lo que ocurre allí y el triunfo progresivo del populismo.

La imagen de España no se ha hundido pero se ha desvaído. Desde el gobierno nos trompeteaban que íbamos a salir más fuertes de la epidemia. No ha sido así y en muchas cancillerías occidentales observan con desconfianza tres hechos que hacen enarcar cejas sobre nuestro futuro: el primero es la situación económica bastante peor que el optimismo que enarbola el gobierno -cada quince días hay un comunicado de instancias internacionales que asegura que las cifras que maneja Madrid no se tienen de pie-, el segundo es la existencia de comunistas en nuestro ejecutivo, algo que no entusiasma y estoy siendo clemente, y otro el problema catalán, el más grave, un cáncer para nuestra imagen de país serio, estable y viable ¿Qué estarán redactando los consejeros de las embajadas acreditadas en Madrid o los analistas internacionales cuando les encarguen un informe sobre España?: Que hay una zona española de considerable peso que entra en constante rebelión negándose a acatar las leyes aunque estén refrendadas por la interpretación del Supremo y el gobierno se inhibe. La impresión es devastadora. Lo nunca visto.

Sánchez, rehén de los independentistas catalanes que le pueden mover la silla, mira para otra parte, el caso del niño de cinco años es un claro ejemplo. Su pasotismo constante significa un buen mazazo para nuestro imagen. Presumimos, eso sí, para pasmo del mundo de nuestra “diplomacia feminista”.

Sobre el autor de esta publicación