Colin Powell, un personaje de tragedia

Presencié, a dos metros del personaje, el discurso de Colin Powell en Naciones Unidas en 2003, una intervención que lo torturaría hasta ayer en que murió.

Decir que el presidente Bush se había inventado lo de las armas de la destrucción masiva y que entonces Aznar y Blair lo siguieron borreguilmente no es correcto. El iraquí Sadam Hussein las había utilizado profusamente contra los iraníes y contra sus propios ciudadanos kurdos y aunque había entreabierto las puertas a la inspección de la ONU no lo hizo de par en par. Quedaba la duda de si aún poseía lotes de ellas. La creencia estaba tan extendida, aunque ahora se diga lo contrario, que enemigos claros de la intervención militar en Irak , como el francés Chirac y el egipcio Mubarak, manifestaron en fechas cercanas que parecía aún tenerlas para afirmar con rotundidad que el problema no se solucionaba con una invasión. Que era un error. Los acontecimientos les darían en buena medida la razón.

La tragedia de Powell, un militar honesto y respetado por sus colegas, es que Estados Unidos no poseía pruebas concluyentes de que las armas aún existían. Powell y los dos aliados principales de Estados Unidos, Gran Bretaña y España, pensaban que había que intentar convencer al Consejo de Seguridad de que Hussein seguía jugando al ratón y al gato a pesar de las serias advertencias de la ONU. Los halcones del gobierno yanqui creyeron que su secretario de Estado Powell podría repetir la escena que años antes, con la crisis de los misiles de Cuba, había protagonizado el embajador estadounidense Stevenson. Cuando el ruso negaba la existencia de los misiles en la isla, Stevenson lo dejó en evidencia proyectando fotos en que se veían claramente las rampas.

Fue un momento histórico que Powell no pudo repetir. No contaba documentos y grabaciones concluyentes, solo indicios de algo que podía haber sido obtenido tiempo atrás y manifestaciones de iraquíes disidentes que fueron engullidas sin seria verificación por los servicios americanos. La inteligencia americana maquilló las pruebas para darle al presidente lo que deseaba obtener.

En su intervención Powell, que sentó a su lado al Director de la CIA, no hizo el ridículo pero sólo convenció a los que estaban convencidos. Las pruebas aplastantes no aparecieron. Alguno de sus asesores diría más tarde que el general diplomático no estaba cómodo porque era consciente de la endeblez de sus argumentos.

Lo lamentaría toda su vida. Escribiría más tarde que había sido un borrón enorme en su carrera.

¿Por qué lo hizo? ¿Debió dimitir antes que representar un papel al que no le veía consistencia? Tal vez y aquí aparece su personaje de tragedia que alguien llevará al teatro. Powell, al que se le dio la orden de ir al Consejo por ser con mucha diferencia la persona con mayor credibilidad en el gobierno de Bush, debió pensar, como militar, que debía lealtad total a su jefe y que, sin embarcarse en la mentira, debía tragar el purgante de defender algo serio con argumentos que él mismo encontraba de dudosa solidez.

El general debió anhelar que, producida la invasión sus militares, encontraran las famosas armas. Pero no fue así, las había tenido pero las había destruido. El no descubrimiento debió apesadumbrarle toda su vida. Fue un golpe para su reputación y mayor aún para la de su país.