Pandemia política: Trump fallece, otros convalecen

EEUU

Mis amigos estadounidenses que votan a Trump, tengo bastantes, empezaron a apuntar quejumbrosamente ya a fines del verano que el covid podía acabar políticamente con el político. En marzo, pensaban y no les faltaba razón, con 3´5% de paro y la Bolsa por las nubes, que la elección era pan comido y colegían en septiembre que se les escapaba.

Se les escapó y ahora hasta los enemigos de Trump están de acuerdo con el análisis. El Washington Post, crítico contumaz del presidente, titula el martes que “el mediocre manejo del virus le costó a Trump la reelección”. No es el único que se apunta ahora al diagnóstico. Surgen estudios realizados en estados que resultaron decisivos, Arizona, Wisconsin, Pennsylvania, Michigan … que concluyen que conforme avanzaba la pandemia el factor virus empezó a ganar terreno sobre el factor económico en el que se apoyaba el ahora ex presidente. En varios de ellos, por ejemplo, una mayoría de los votantes creía que debía imponerse el uso de mascarillas cuando Trump no la llevaba y bromeaba sobre la necesidad de llevarlas. Sus peleas y distanciamiento del experto Fauci dañaron su imagen. Que Trump fulminara frecuentemente a importantes miembros de su gabinete había sido digerido por el votante sin excesivos sobresaltos. La conducta errática y la frivolidad en la cuestión sanitaria le acabaría pasando factura.

No es extraño que Biden, sin descuidar el flanco económico, ahora mismo trata de seducir a los legisladores republicanos para que apoyen un programa de recuperación de casi dos billones de dólares, haya tomado ya medidas en el terreno sanitario, las mascarillas serán obligatorias en los edificios federales, imponerlas en cualquier lugar es aún intragable para el ciudadano americano, y Fauci ha sido rehabilitado y oído con todos los honores.

La crisis de los rehenes en Irán acabó con Carter y la pandemia, sólo la pandemia, destronó a Trump. Luego él ha fusilado su futuro político con su conducta durante el asalto al Capitolio. El Senado lo juzgará el día 9.

En otros países, el virus erosiona pero no mata. El trolero y también casquivano Johnson ha visto las orejas al lobo- con fallos palpables y la tormenta escocesa en el horizonte-, y para precaverse se ha volcado en las vacunas. Es el país europeo que, con diferencia, ha puesto la inyección a más gente. La imagen del premier sufre pero no se arrastra.

En España, que sigue a la cola de multitud de indicadores, el mentiroso y osado Sánchez tiene un reducido índice de vacunados, a pesar de las proclamas triunfalistas, pero sus encuestas, sin embargo, siguen siendo aceptables. Aquí no hay Fauci que disienta sino dos fieles “palmeros”, el fugado sin despedirse Illa y el inefable Simón que nunca disienten del señorito.

En Portugal, el sólido Costa empieza ser cuestionado. Aunque dentro de un orden. Las muertes se disparan y los hospitales están atestados por la espeluznante subida del contagio pero él, coherente con su pasado, no alardea ni presume. Es de agradecer.

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