Trump entre la inhabilitación y la censura

Aunque no es seguro que se produzca, Trump está a un paso de un segundo proceso de inhabilitación. Los dirigentes demócratas no quieren fallar esta vez y, razonablemente, detestan que el incitador Trump pueda escapar indemne de su actuación el día del asalto al Congreso. Piensan que el escarmiento es benéfico para el futuro de la nación.

El problema es el tiempo. Si el show en el Congreso, con el aderezo de Trump, hubiera ocurrido hace ocho meses, bastantes senadores republicanos, avergonzados y temiendo que el presidente hiciera otra barrabasada, habrían votado la inhabilitación.

Procesar a Trump en las dos cámaras en sólo una semana -cesa el día 20- es algo que, una inhabilitación exprés, no entusiasma a muchos republicanos. Lo consideran precipitado y, dado que Trump ya no puede hacer daño, divisorio. Quizás la cámara baja inicie el proceso y la votación en la segunda, para inhabilitar a Trump en perpetuidad, se realice dentro de meses. Es una solución que agradará a Biden. Veremos.

Luego está la cuestión del cierre de Twitter para Trump. Muchos la hemos encontrado benéfica pero reflexionando sobre el tema hay que concluir que la decisión es como mínimo discutible. Varias voces importantes se han alzado para cuestionarla. Angela Merkel ha señalado que es una ruptura problemática del derecho fundamental a la libertad. El ministro francés Bruno de Maire ha puesto el dedo en la llaga: una medida de este tipo no puede ser adoptada unilateralmente “por la oligarquía digital”. En otras palabras, el tema es demasiado serio para que la decisión la tome una compañía privada. Hace falta una legislación y una institución pública. El disidente ruso A. Navalny, objeto de un envenenamiento por los servicios secretos de su país, juzga que es un acto inaceptable de censura y que será explotado por los enemigos de la libertad de expresión.

Para los que dudan del peligro que advierte Navalny pongamos en la mesa un recuerdo: ¿Cómo habrían reaccionado los políticos españoles que pidieron rodear al Congreso de los diputados y que proclamaban la blasfemia de que la soberanía no estaba en las Cortes sino en la Puerta del Sol si sus comunicaciones Internet hubieran sido silenciadas por Twitter o por Telefónica? Hablarían de un estado fascista al servicio de la casta. Pues, en principio, el problema no es muy diferente del planteado en Estados Unidos.