Trump y el pato cojo

Trump continúa arrastrando los pies para no irse -ahora parece que pensó en bombardear Irán al día siguiente de las elecciones- pero parece claro que el 20 de enero, asista o no a la toma de posesión de Biden, tendrá que dejar la Casa Blanca.

Los estadounidenses dicen que el presidente derrotado es un patito cojo porque puede hacer muy pocas cosas en los 75 días que hay entre la elecciones y la entrada de su sucesor. Trump, sin embargo, cambia todo. No acepta públicamente que ha perdido, en contraste con otros como Carter, que a las 9´25 del día electoral llamó a su rival Reagan para felicitarlo, va a imponer sanciones a los americanos que hagan tratos con determinadas compañías iraníes, ha cesado al Ministro de defensa, no deja que sus colaboradores se reúnan con el equipo de transición de Biden y, según algunos, va a dejar sembrado un campo de minas políticas para el entrante demócrata.

Varios presidentes derrotados en las elecciones han paradójicamente aumentado su popularidad entre la fecha de su traspiés electoral y la del cese. Ford, aquel del que se dijo que no sabía andar y mascar chiclé al mismo tiempo, frase a la que el dio la vuelta ingeniosamente, ganó 8 puntos de aceptación entre las dos fechas( de 45 a 53). Bush padre, que mordió el polvo frente a Clinton, subió la increíble cifra de 22 puntos ( de 34 a 56): había algo de simpatía o remordimiento en el electorado pero también que en esos dos largos meses tuvo una activa actuación internacional enviando ayuda humanitaria a Somalia y parando los pies a Sadam Husseim.

Es difícil que Trump obtenga más apoyo el día de su salida que en el de la disputa electoral. Su terquedad en no aceptar lo inevitable, con denuncias de trampas electorales que aun existiendo no tendrán ni la amplitud ni la visibilidad para ser probadas, puede empañar su imagen. Sin embargo, no entre sus votantes. 70% de ellos piensan que hubo trampas en la elección y una mayoría de los mismos encuentran comprensible que no tire aún la toalla.

La polarización de aquel país, como la del nuestro, es profunda. Biden ya ha dicho que viene a curar las heridas. Su programa, del que trataremos otro día, es ambicioso. Si el Senado, sin embargo, siguiera controlado por los republicanos, la solución el 3 de enero con la elección en Georgia, es peliagudo que pueda llevarlo a cabo.