¿Es España un estado fallido?

Un catedrático alemán Friedrich L. Sell ha sido el primero que ha formulado la pregunta con toda crudeza. No es el único extranjero que se la plantea. Son bastantes -diplomáticos, ejecutivos, periodistas foráneos que viven o han cubierto España- los que lo hacen y  crecen seriamente los que responderían de forma afirmativa. España para ellos está a punto de entrar en la categoría de estado fallido.

La conclusión o la pregunta eran impensables hace dos décadas. Ya no lo son. No me refiero a que la imagen de España ha caído sensiblemente en el exterior en estos últimos tiempos. Nuestros récords negativos, de los que informan a sus gobiernos las Embajadas en Madrid, son conocidos: estamos  a la cabeza de los sanitarios contagiados, en la  de muertes por la pandemia si se dan las cifras reales, récord europeo de paro, de endeudamiento público, déficit desbocado... la lista es interminable pero esto podría ser algo coyuntural y superable.

Lo que puede que no lo sea, lo que hace mover pesimistamente la cabeza a tus amigos diplomáticos, a empresarios de fuera que nos conocen, es más estructural, más permanente. Unos u otros se han percatado de infinidad de hechos que pueden crear el estallido perfecto:

  • una importante comunidad autónoma está democráticamente en manos de unos dirigentes que han dado un golpe de estado secesionista -algo inconcebible y blasfemo en un estado de derecho- que repiten que lo van a volver a hacer y el Gobierno de la nación no reacciona. Se va incluso a sentar de igual a igual con ellos para hablar de TODO. Un amigo galo me comenta que es una locura que solo puede ocurrir en España.
  • esa misma comunidad acepta las leyes de Madrid y las sentencias del Supremo a la carta. Y sigue acusando con cierto éxito entre su gente al Gobierno central de todo lo que le viene bien. Hasta de la transmisión del virus.
  • en otra comunidad autónoma el partido del Gobierno repite que ellos también quieren la independencia y el segundo partido más votado es descendiente de terroristas que asesinaron a más de ochocientas personas. Los jóvenes revoltosos tienen tiempo para decapitar la estatua de nuestro Rey y la de Colón pero no recuerdan los asesinatos recientes. Eso no está en los textos. La novela "Patria" sería una fábula tendenciosa
  • En el Gobierno hay un partido que ataca sistemáticamente al Jefe del Estado y socava la Constitución ante la pasividad total, ¿complacencia?, del Presidente del Gobierno. El jefe de ese partido lamenta que España no siguiera el camino de Venezuela. Un europeo  nórdico me comenta que esto es insólito y que España va por mal camino. El anhelo de parecerse a Venezuela le parece kafkiano.
  • Una cuarta parte de los miembros del Parlamento piensan que la bandera española es detestable, el himno más y el 12 de octubre una horterada lamentable y cruel. Un estadounidense alucina en colores.
  • El Presidente del Gobierno, mandamás de un  partido que antes vertebraba, ahora no vacila en mantenerse en el poder apoyado en formaciones que quieren o romper España mañana, y lo dicen, o montar un referéndum en cualquier localidad que lo solicite. Un argelino que vivió aquí me lo hace repetir y me mira con pena.

Dos iberoamericanos también te entristecen: un boliviano que se formó en Barcelona  me espeta: "¿pero Chencho como vais a mantener el país integro muchos años con los libros que se estudian en cada comunidad?  Es un suicidio, cuestión de tiempo".  Y un  socarrón argentino que casó una hija aquí: "Inocencio, ¿tu ves a tu Gobierno imponiéndole cuarentenas a Cataluña o Bilbao como las que ha ordenado en Madrid". No tiene huevos y tu eres un huevón si no ves que vais a descarrilar. No sois como erais".

Es cierto.  España no es igual:  ahora trota, descangallada, hacia el estado fallido.