Los presidentes y las enfermedades

Es posible que a Trump le hubiera gustado ser presidente en épocas en que era factible ocultar a los votantes los quebrantos en la salud de los ocupantes de la Casa Blanca. Franklin Roosevelt, con complicidad de los fotógrafos, eran otros tiempos,  logró no ser casi nunca fotografiado en su silla de ruedas, su incapacitación era consecuencia de poliomielitis. Achacoso en 1945, fue muy debilitado a la reunión de Yalta donde diseñó con Stalin y Churchill  el mapa del mundo  para la postguerra mundial y donde  sentaron aristocráticamente las bases de las Naciones unidas. El ruso tenia miedo al avión y engatusó a los dos occidentales para que acudieran a esa ciudad de reposo de su país. Roosevelt, que tenía in albis a su Vicepresidente Truman, tuvo que recorrer diez mil kilómetros. Frágil, según sus biógrafos, aceptó propuestas del soviético que luego lamentaría: Poco antes de morir comentó : "No se puede negociar con Stalin, ha roto todas las promesas que hizo"( democracia en Polonia, etc...)

Su predecesor Woodrow Wilson, que había atrapado durante la I guerra mundial la mal llamada "gripe española", tuvo, en la campaña electoral del 2019, un ataque ( ¿un infarto? )  que lo dejó medio paralizado aunque no se retiró de la contienda. Su estado de salud influiría en su torpeza posterior en el trato con sus adversarios que hicieron en el Senado descarrilar la adhesión de Estados Unidos a la Sociedad de naciones precursora de la ONU.

Ambos camuflaron con eficacia sus dolencias no sólo para no mostrar ese hándicap a potencias rivales sino para engatusar a su electorado. Cleveland, que simuló una excursión marítima en un barco para que lo operaran en el sin testigos, Kennedy y Mitterrand también son ejemplo de personalidades seriamente enfermas que consiguieron que la opinión pública permaneciera en la oscuridad.

Trump, al no poder escamotearlo,  debe estar rumiando el efecto que su contagio traerá a la elección dentro de cuatro semanas. Sus enemigos concluirán que el positivo detectado es una consecuencia clara y directa de su imprudencia. Sus partidarios argumentarán que se ha portado valientemente con el anuncio del contagio, que ha responsablemente recuperado el mando en un tiempo récord y que acudirá incluso al próximo debate electoral con Biden el próximo día 15 en Florida. Trump necesita la exposición y tratará de producir un desliz o una vacilación ostensible de su rival, debilidad temida por los demócratas,  porque Biden va adelantado en casi todos los pronósticos. Incluso, aunque por poco, en algunos de los estados basculantes que llevaron a Trump a la presidencia.

La polarización del país sigue. Buen botón de muestra son el examen en el senado de la joven candidata oficial a la magistratura del Supremo dejada vacante por la venerada Gingsburg. Los demócratas sostienen que es marrullero celebrarlo ahora al fin de la campaña electoral. Los senadores republicanos lo rebaten diciendo que la Constitución no lo prohíbe. Lo acelerarán, saben que si Trump pierde sin aprobar  en el Senado a la juez Amy C. Barret, la ola prodemócrata puede pulverizar la candidatura. El examen comenzará el día 12. Los pronósticos apuntan a que lo pasará, los mismo sondeos señalan que Trump el día 3, no.