El sultán Erdogan

Nuestro gobierno se mete en jardines verbales gratuitos. Todo quizás por sacar pecho y apuntarse tantos. La Santa Sede ya ha tenido que desmentir públicamente en un par de ocasiones al gobierno de Sánchez, la última hace días saliendo al paso de nuestro presidente que en unas declaraciones al “Corriere Della sera” daba a entender que el Papa estaba encantado con la marcha de Franco del Valle de los caídos. Un desmentido por escrito no es algo frecuente en el Vaticano y muestra que la diplomacia del papa Francisco pensaba que nuestro gobierno se extralimitaba.

Ahora nuestra Ministra de Exteriores ve que le saca los colores su colega turco. No, no le corrigió sobre el uso de la mezquita, antigua catedral, de Santa Sofía. Seguirá siendo considerada un museo pero habrá sólo culto islámico y no se permitirá el de otras religiones. De lugar de encuentro, nada.

Nuestra ministra debió percatarse de que corren fuertes vientos en Turquía. Una cosa es que el gobierno de Ankara nos esté agradecido, a España, por mantener una batería importante de misiles defensivos en su territorio, otra que la ofensiva islamista y nacionalista que impulsa el autócrata Erdogan se la pueda embridar con tiquismiquis de dialogo de civilizaciones en un recinto recuperado para el culto islámico con objeto de meter más en cintura a los laicos turcos y adular el voto islámico. El museo de Santa Sofía vuelve a ser mezquita y Erdogan, imperial él, afirma que se ha regocijado “todo el mundo musulmán desde Bujara a Andalucía”. La inclusión de Jaén, Granada, Córdoba o Almería en ese entusiasmo islámico es algo que habrá agradado al Isis y a los terroristas de esa religión-mencionan a Andalucía como algo propio-pero que no nos debe entusiasmar. Es incluso diplomáticamente descortés. No veo yo a la gente de mi pueblo almeriense o a los sevillanos tirando cohetes por el asunto.

Erdogan ha cambiado. Se ha vuelto más confesional, más audaz y menos demócrata. Dosifica sus provocaciones pero las hace. Ya se ha dado cuenta de que no va a entrar en la Unión Europea- su país no está preparado pero Europa, además, lo ha toreado un poco-y actúa mucho para el consumo interno. El pasado de gran potencia de Turquía le atrae. Es significativo que haya escogido como fecha para recuperar el giro en Santa Sofía aquella en que hace casi un siglo Kemal Atartuk ,el padre de la Turquía moderna, aceptó firmar el tratado de Lausanne (1923). Mejoraba un tanto las clausulas del de Sevres (1920) que se le impuso a Ankara como perdedor de la I Guerra Mundial pero Turquía seguía perdiendo territorio con el nuevo y renunciaba a todos los territorios del Imperio Otomano que no estuvieran ocupados por turcos. Esto debe escocer a Erdogan.

Turquía, en mal momento económico, está metida en otros berenjenales. Ocupa una porción de Siria, con el beneplácito ruso y estadounidense; está muy involucrada en le guerra civil de Libia, en donde apoya al gobierno de Trípoli pero tiene enfrente a un general insurrecto al que ayuda Egipto, amén de una quincena de aviones rusos y unos 1.800 mercenarios pagados presumiblemente con el oro de Moscú. La enviada de la ONU, S Williams, se desgañita manifestando que varias potencias están luchando en Libia y el barril puede estallar. No se le hace, una vez más, demasiado caso.

Por último Erdogan agita las aguas del Egeo. No está conforme con la extensión de las griegas y ha mandado un montón de barcos a que hagan estudios sismológicos. La aparición del petróleo en las cercanas a Chipre abre el apetito. Grecia tiene escalofríos y está irritada. Ha cancelado los permisos de sus marinos y sus barcos también patrullan. Son dos aliados en la OTAN se detestan.