Brexit: aburre a las vacas pero tiene su meollo

Hace décadas cuando la guerra de Vietnam se arrastraba largamente un humorista español publicó una caricatura en la que el globo terrestre bostezaba mientras delante de él se desplegaba un periódico con el titular: “ Sigue la guerra de Vietnam”.

Algo parecido ocurre con la triste novela del Brexit. Uno quiere pasar página aunque el hecho tendrá serias consecuencias si se consuma la salida.

El Brexit, entre otras causas, es producto de la emigración y de la convicción que tienen los británicos de que ellos son especiales. No quieren aceptar que en el Club europeo hay reglas obligatorias sobre la emigración, un polaco puede entrar en España sin problemas, y una parte importante de la población británica está literalmente obsesionada con que su identidad se va a diluir con la llegada de fontaneros polacos, albañiles rumanos, latinos ruidosos y católicos etc…

Londres, en su singularidad y aires de grandeza frente al continente europeo, remoloneó a la hora de solicitar su ingreso en el Mercado común en los años cincuenta, tuvo que sufrir dos vetos de Gaulle y, cuando finalmente entró, siempre ha sido el quejica que ha tratado de aguar la construcción europea y obtener un trato de favor. No ingresó, por ejemplo, en el euro ni en Schengen.

Ahora lleva dos años tratando, sin éxito, de dividir a los europeos en la negociación de su abandono de la Unión.

El referéndum del Brexit acabó con Cameron y ahora hará terminar la carrera política de Theresa May. El país está dividido muy radicalmente sobre el tema y hay nubes en el horizonte sobre todo en el del partido conservador. Las elecciones europeas del domingo, en las que por legalidad surrealista los británicos van aún a participar, han visto que Farage el antiguo líder antieuropeista de Ukip ha creado un nuevo partido político que en diez días obtiene en los sondeos un 30% de intención de voto. Diputados de feudos tradicionalmente conservadores o laboristas serán desplazados. De que preocupar en las posibles nuevas elecciones internas.

Por otra parte, los conservadores andan a bofetadas como en pocas ocasiones de su historia. Hay ministros y diputados destacados que dicen votarán ahora a otro partido. Uno de ellos Lord Heseltine, jefe de grupo en los Comunes, ha dicho que votará a los liberales. Al apearlo del cargo ha manifestado que lo que no le pueden quitar es su integridad o sus convicciones. Otros, como el ministro de exteriores Jeremy Hunt se proclaman abiertamente defensores de dejar la Unión Europea en momentos en que alguna encuesta, no todas, dicen que en un segundo referéndum podría prevalecer el quedarse en la Unión. Los referenda, con todo, son traidores y se ríen de las encuestas. Que se lo pregunten a Cameron.

De Johnson, el posible sucesor de May, se dice que es imprevisible. Hoy puede pronunciarse por la salida y una vez en el poder intentar renegociar el acuerdo con Bruselas si esta accede, lo que es dudoso, a introducir cambios en el mismo.

El laborista Corbyn, también una tanto veleta, parece ahora, ante las paralizantes y contradictorias votaciones en los Comunes sobre el acuerdo de salida, inclinarse, si sigue el bloqueo, por ir a un segundo referéndum.

Great Britain is different.