El fin del terrorismo no es para mañana

Hay muchas voces razonables que indican que vivir obsesionado con el peligro del terrorismo es una insensatez. La vida debe proseguir, el numero de bajas, muertos y heridos, causadas por los terroristas de todas las tendencias es ínfimo en relación al originado por catástrofes naturales, en estos días hay más de mil muertos por un huracán en Mozambique, o por los frecuentes accidentes de trafico. Estos, solo en Estados Unidos, producen una cantidad infinitamente superior a la de todas las personas fallecidas por terrorismo en un año en el mundo.

Sin embargo, es claro que el terrorismo no va a cesar. Tenemos estos días la barbarie de Nueva Zelanda donde un joven ha matado concienzudamente a 49 personas en dos mezquitas y la de un lobo solitario en Utrecht, un turco también fanatizado que ha asesinado indiscriminadamente a un puñado de gente. Los atentados prueban dos cosas. El de Nueva Zelanda, como ocurrió hace algo más de un año en Noruega, muestra que hay un número de gente fanatizada a veces obsesionada con la “invasión” de los emigrantes islámicos, individuos en los que anida un ego descomunal, que están dispuestos a hacer estragos, para ellos lamentablemente “depuradores”, y adquirir notoriedad. Por otro, que los exaltados islamistas que viven en las sociedades occidentales no son fácilmente detectables. Siguen ahí y van a conseguir que la islamofobia crezca en nuestras sociedades. Injusto pero inevitable.

Poner coto a esto no es sencillo. Hacerse con un fusil ametrallador no presenta excesivas dificultades en muchos países occidentales. La primera ministra neozelandesa, elogiada por el manejo de las medidas posteriores a la catástrofe en su país, ha anunciado que las leyes que autorizan la compra de armas serán cambiadas drásticamente. El terrorista detenido había podido conseguir dos mortíferas sin problemas. Pero hay más, aunque algunos de los potenciales asesinos sean personas que no han mostrado ningún comportamiento inquietante otros tienen un pasado turbio, de acciones y contactos, y las fuerzas del orden por escasez de recursos o mediocre cooperación internacional no han podido hacer un seguimiento adecuado del interfecto.

Este último aspecto es asimismo relevante. El Washington Post escribía estos días que la cooperación de los servicios de inteligencia occidentales, incluidos los de Estados Unidos, a la hora de proporcionar información obtenida sobre la actuación sospechosa de grupos o individuos en otros países que no es el propio deja mucho que desear. Después del atentado de las Torres Gemelas la ONU aprobó una serie de resoluciones imponiendo la cooperación estrecha internacional con objeto de contener esta plaga. La cooperación mejoró pero, evidentemente, no lo suficiente. Ni siquiera entre países amigos.