¿Quién miente más, Sánchez o doña Teresa May?

Los dos políticos enfrentados ahora tienen un récord envidiable de embustes. El nuestro dijo que llegaba al gobierno para convocar elecciones, luego mintió bellacamente sobre su tesis, no ya porque se la hubieran hecho, hubiera fusilado a varios autores sin citarlos o porque le hicieran un tribunal favorable, sino porque manifestó con rotundidad que estaba colgada en la red cuando era falso, sólo había colgado un pequeño resumen, su rebelión catalana pasa a sedición... Su lista de mentiras es copiosa.

La señora May en la cuestión global del Brexit le gana sin problemas: mintió sobre los problemas que causaría a Irlanda del Norte la salida de Gran Bretaña de Europa, dijo que Brexit es Brexit, lo que no va a ser cierto, vendió que la soberanía británica quedaría intacta, lo que no es cierto, minimizó la contribución económica británica a la Unión como factura del divorcio, mantuvo que la salida sería rápida y no dolorosa, que los países de la Unión se dividirían en el tema británico…Todo falso o enormemente maquillado.

Ahora con la firma del acuerdo los dos vuelven a vender humo en la cuestión de Gibraltar. Pero yo diría que en esta ocasión la señora May fabula más que nuestro Presidente. Necesita exagerar o mixtificar más porque se encuentra en una situación más atribulada. El trabajoso acuerdo que ha negociado puede ser derrotado en los Comunes el próximo día 11 con lo que su política e incluso su futuro personal está en juego. Por ello no vacilará en endulzar lo que sea.

Dice que España no ha conseguido lo que quería-incluir el tema de Gibraltar en el acuerdo de salida- y lleva razón. Pero ella tampoco ha conseguido lo que buscaba. El acuerdo firmado debía haber incluido en su texto la salvaguarda española en el tema de Gibraltar, es decir que cualquier acuerdo que afecte al Peñón firmado por la Unión Europea deberá contar con la aprobación de España. Esto no lo ha conseguido Pedro Sánchez pero sí la premisa constará en declaraciones interpretativas de los Presidentes del Consejo y de la Comisión y está reflejado en una carta del Embajador británico ante la Unión. Esas declaraciones no son papel mojado como dicen algunos. Tienen menos peso que el acuerdo pero cuentan con validez jurídica. Los gibraltareños en ese sentido, y frente a la reivindicación española, están peor que hace años.

Ahora bien, están mejor que hace un año cuando se empezó a negociar y aquí es donde renquea Sánchez que ha sacado demasiado pecho con los logros de su “veto”. De entrada, la justificada oposición de Sánchez cuando descubrió que nos querían meter un gran gol no podía traducirse en un veto porque necesitaba la aquiescencia de otros países para llegar al porcentaje del veto. Podía dilatar la firma pero no frenarla para siempre como ocurre con el veto de los grandes en Naciones Unidas. Por otra parte, no ha debido alardear dando a entender que el se había acercado más a la consecución de la soberanía que todos sus predecesores. Ha forzado a la señora May a decir que la soberanía es y seguirá siendo británica con lo que le ha dado un bofetón de cara a su clientela. Por otra parte, aunque es muy jugoso que se haya logrado que en el futuro en cualquier negociación que afecte entre la Unión europea y Gran Bretaña debe contar con el beneplácito de España esto es precisamente lo que ya constaba en las directrices que se dieron al negociador Barnier y que habían logrado los peperos Margallo y Dastis y que ahora de la noche a la mañana Barnier hizo desaparecer del art. 184.

Es decir, durante el gobierno del doctor Sánchez, un logro del equipo de Rajoy que estaba plasmado en las directrices negociadoras, fue quitado, con “nocturnidad y alevosía”, por el señor Barnier para canjearlo posiblemente por alguna cosa en que la señora May no quería ceder. La idea, favorable a España, ha quedado reflejada en las cartas y comunicaciones que he mencionado pero, sin ser papel mojado, con algo menos de valor que donde deberían haber encajado: en el Tratado.

Visto lo visto, no nos han metido un gol por la escuadra como dicen los enemigos de Sánchez, se ha evitado, pero nuestro presidente debería archivar el triunfalismo y pensar que los políticos anteriores pusieron la pelota para que nosotros metiéramos el gol y nos hemos tenido que contentar con textos adjuntos, con fuerza legal, pero que no están donde deberían estar. Ahora sólo falta que Sánchez condecorara al francés Barnier por sus hábil negociación. Con nosotros ha sido torticera e hipócrita. Menos mal que nos salvó la Abogacía del estado de Exteriores.