La Guerra del 18 y paradojas actuales

A las 11 de la mañana del día 11 del mes 11(noviembre) de hace un siglo, 1918, se firmaba el armisticio que ponía fin a la Gran Guerra. Un conflicto que envolvió a toda Europa, con la excepción de España, Suiza, Holanda y los países escandinavos, no querido por los monarcas reinantes en varias de las naciones contendientes- varios de ellos, Rusia, Austria Hungría, Alemania perderían el trono-, visto con más alegría por políticos e incluso por la opinión pública y que costó un número considerable de vidas humanas, unos 17 millones en combate y 30 o 40 millones más originados en la gripe que provocó la contienda.

La guerra “que terminó la paz”, según expresión de Margaret MacMillan tuvo consecuencias incalculables: la accesión de muchas mujeres a puestos laborales ocupados por hombres que estaban en las trincheras aceleró la concesión del sufragio electoral a ellas en bastantes países, instauró el régimen comunista en Rusia que duraría casi ochenta años (Lenin, que vivía exilado en Suiza, fue despachado por los alemanes a Rusia para levantar a los trabajadores rusos contra la guerra). Derrocado el zar, los alemanes infligieron serios reveses al ejército ahora bolchevique. Lenin y Trostki se vieron obligados a aceptar humillantes condiciones impuestas por los alemanes en el tratado de Brest-Litovsk en marzo de 1918 (pérdida de Ucrania, Polonia, los países bálticos…). Meses más tarde, con la derrota alemana, el tratado era anulado.

La conflagración alumbró la utilización de armas químicas, por Alemania en Ypres, y de tanques, por los británicos en la batalla del Somme, y en ella jugaron un papel importante la propaganda, mejor utilizada por los aliados, y la inteligencia( la interceptación y descifrado de un telegrama alemán lesivo para Estados Unidos provocó la decisiva entrada de los americanos en la guerra). Emergería la predecesora de la ONU, la Sociedad de Naciones que nació coja porque el Congreso de Estados Unidos no quiso ratificar el tratado que la creaba. La miopía y la terquedad del idealista presidente Wilson -ceguera en la que comulgaron bastantes políticos europeos en el arranque de la contienda- influyeron en la cerrazón de los legisladores yanquis.

La conmemoración del final de aquella tragedia en París ha sido un buen momento para hacer cantos a la unión europea y aguijonear veladamente al presidente Trump que, con otros 80 jefes de estado y gobierno, ha asistido a la efemérides que ha tenido en Estados Unidos claramente menos eco que en Europa. Macron, en un elegante discurso, ha condenado sin ambages el nacionalismo, que es lo contrario del patriotismo. Con ello lanzaba una puya  al individualista Trump pero sobre a la extrema derecha de su país y a otros nacionalistas europeos.

Trump llegó tarde, por lo que ha sido despellejado, lo que no ha ocurrido con Putin que apareció aún más tarde. Los dos líderes tuvieron el detalle de no celebrar una cumbre para no opacar la conmemoración. El americano visitó un cementerio americano en Francia y mandó mensajes a veteranos y marines de su país, era el aniversario de su creación, pendiente de su huerto interno en momentos en que ha perdido una cámara en el Congreso pero reforzado la presencia republicana en el Senado y cuando los demócratas parecen inclinados a no resucitar ningún proceso de inhabilitación que entusiasmaría en Europa.

El hecho es que hay un divorcio latente entre Europa y la Presidencia americana y una mayor división dentro de la familia europea. Su líder más votado, Macron, atraviesa un momento de muy baja popularidad en su país. Muy inferior a la de Trump en EEUU. Paradojas.