Roma locuta, causa finita y el lenguaje diplomático

Nuestra Vicepresidenta es locuaz. Lo cual es una alegría para los periodistas pero no siempre para sus interlocutores. Sin llegar a la altura de alguna de las frases desternillantes de Zapatero, Carmen Calvo es autora de algunas afirmaciones que hacen sonreir y enarcar las cejas por su desparpajo o incluso ligereza.

Que el Vaticano se haya visto obligado pasado ya un dia de la entrevista de Calvo con el Secretario de Estado a lanzar un comunicado matizando una parte de lo que nuestra política decía en los pasillos del Congreso denota, sin lugar a dudas, un cierto disgusto de la Curia con las conclusiones públicas de Calvo. Ningún Ministerio de Asuntos exteriores de un país con tradición diplomática, y menos aún la cauta diplomacia vaticana, sale haciendo unas puntualizaciones a la descripción de una entrevista con un político de otro país. No sabemos si el Vaticano estaba conforme con lo que contó la Vice ayer; está claro que  el deslizar Doña Carmen en la mañana del martes que el Vaticano se mostraba más o menos de acuerdo con que los restos de Franco no vayan a la Almudena ha parecido excesivo e incorrecto al cardenal que la recibió y este ministro del Papa, aunque no le habrá gustado hacerlo, ha sentido que no tenía más remedio que salir al paso sutilmente corrigiendo a nuestra Vicepresidenta. No ha dicho que en su entusiasmo Carmen Calvo estaba faltando a la verdad pero sí la ha finamente desmentido.

A la misma hora que salía el comunicado, Fernando G. Barriocanal, presidente de la Cope, disertaba en el Club Siglo XXI negando la existencia de la catarata de privilegios que con frecuencia, alegre o maliciosamente, se atribuyen a la Iglesia. Dijo rotundamente que la mezquita-catedral de Córdoba está en manos de la Iglesia desde 1236, casi ocho siglos, sin cuestionamientos legales y que es curioso que surjan ahora estos interrogantes en torno a los edificios religiosos que son rentables y no los otros.

A una pregunta del coloquio respondió que él no tenía mucho que añadir a un pronunciamiento de la Iglesia ( “Roma locuta, causa finita”). A los postres alguien le pasó el citado comunicado del Vaticano que leyó con evidente satisfacción. También aquí dio a entender que Roma locuta, causa finita, es decir, yo creo en la versión del Vaticano.