La guerra civil, la memoria y el cine

La guerra civil española ha sido abundantemente llevada a la pantalla. Por extranjeros y españoles. Los primeros no hicieron precisamente muchas obras maestras. Hay algunas basadas en obras de Hemingway un tanto flojitas. Pensemos en “¿Por quién doblan las campanas?”, con una poco creíble Ingrid Bergman que se cortó el pelo para el film lo que impidió que se volviese a rodar una importante escena de “Casablanca” que acaba de hacer y un tampoco muy satisfactorio Gary Cooper. Como escribe con irritación Francisco Ayala, la novela de Hemingway muestra a unos españoles con poco norte y criterio a los que viene ayudar un yanqui, Cooper, mucho más sensato.

Entre los cineastas españoles hay de todo, películas interesantes bien construidas y otras menos. En la era de Franco, los insurgentes eran muy buenos y los republicanos francamente malos. Con la transición se invirtieron los papeles, los franquistas de la contienda eran crueles y perversos, los republicanos, incluso en el frente, bien intencionados y humanos. Esa politización, al cambiar el siglo, ha ahuyentado algunos espectadores, no pocos, del cine español. Algunos compatriotas lo abandonaron creo que precipitadamente. Las quejas sobre la tendenciosidad, incluso de películas de buena factura como “El laberinto del fauno”, arreciaron.

Ahora la prensa inglesa anuncia la producción catalana de un film sobre la experiencia de dos británicos, hoteleros en Tossa del mar durante la contienda. La pareja se negó a abandonar el pueblo cuando vino un buque de su país a recoger a sus nacionales. Archie y Nancy Johnstone se quedaron en allí e incluso, humanitariamente,  ayudaron a refugiados y niños a cruzar la frontera con Francia al final de la guerra. Nancy, autora del libro,  que imagino será poco clemente con el bando franquista, tiene duras palabras acerca de la acogida que los exilados españoles encontraron en los campos en que fueron acogidos en Francia.

Aunque Nancy fue vapuleada por George Orwell, alguien que luchó aquí con los republicanos pero denunció los excesos comunistas, es de desear que el libro sea objetivo. Hay un dato que hace enarcar las cejas. Archie, periodista de profesión antes de ser hotelero en España, fue en los cincuenta destinado como diplomático a la Embajada británica en Moscú. Dos años más tarde desertó refugiándose en los brazos soviéticos a los que entregaría abundante material de su patria. Su objetividad, para algunos, durante la guerra, queda empañada. Tiene varios famosos precedentes, entre otros el de Arthur Koestler, periodista y espía al servicio comunista durante nuestra lucha fratricida.