Los menores emigrantes y la endeble solidaridad

Por fin, España acogerá a unas decenas de los emigrantes del segundo barco que en la mañana del martes no recibían hospitalidad en ningún país. No hemos tardado en apuntarnos la paternidad del pacto entre los seis países de acogida aunque desde Francia llega la noticia, sin citar a España  ni a su gobierno, que las comadronas del  acuerdo han sido Francia y Malta. El sacar pecho después del desenlace de una crisis es frecuente en los políticos pero, resuelto el asunto, no es un aspecto que merezca darle mucha vueltas.

Lo que preocupa es la suerte de los menores de edad que llegan y van a llegar crecientemente a nuestras costas. El aceptar las 623 las personas del barco anterior era un gesto bonito con una contrapartida fea, la de provocar un efecto llamada. Por ejemplo,  la de muchos menores que sus padres, pagando sumas elevadas a los traficantes humanos, envían a embarcaciones desvalidas que saben serán recogidas por los barcos humanitarios que navegan el Mediterráneo y que conocen a su vez que algún país europeo, del sur, claro, les dará refugio tarde o temprano refugio.

Esos barcos y las pateras han depositado ya varios centenares de menores en las playas y puertos andaluces. Las autoridades de esa comunidad autónoma, la mía, se quejan muy justificadamente de que su capacidad de absorción de emigrantes, la mayoría de los cuales no son refugiados políticos, está prácticamente agotada. Quieren ayuda oficial y de otras comunidades. Manuel Jiménez Barrios, Vicepresidente andaluz, ha sido convincentemente elocuente: “ no es coherente que se acojan embarcaciones con menores a bordo al tiempo que se reconoce que no hay recursos ni posibilidades de redistribuirlos en todas las regiones”.

El político socialista andaluz es cartesiano. Le están llegando de media diaria unas doscientas personas, muchos de ellos menores, las instalaciones andaluzas se encuentran archisaturadas y nuestro país reproduce el pasotismo europeo. Si muchas naciones de Europa manifiestan piadosamente que estamos ante un drama pero no mueven un dedo en nuestro país ocurre otro tanto; por su situación geográfica los andaluces deben aceptar a esos desvalidos. Lo normal es que las otras regiones, sin mayores despliegues televisivos, mostraran sin vacilaciones su disposición a acoger una parte alicuota de esos jóvenes y chavales que llegan. Que dieran un paso adelante y que el gobierno de la nación enviara rápidamente recursos a Almería. Hasta ahora, eso no parece haber ocurrido. Los españoles son rápidos llenándoseles la boca con la palabra solidaridad. Luego, al aflojar el bolsillo son más lentos.