“Vente pa España, Ahmed” o el efecto llamada

Se veía venir; el que quería verlo, claro. Ahora entran centenares diariamente. Y seguirán entrando. El efecto llamada es obvio si no miras para otra parte. Las mafias que trafican con los emigrantes venden ya que España es un momio.

Si tu acoges solidaria, magnánima y publicitadamente un barco que nadie quiere, ¿por qué Macron no ofreció que el angustiado barco francés atracase en Marsella?, si los inmigrantes obtienen asistencia médica gratuita desde que llegan acá, si limas las asperezas de la valla de Ceuta o Melilla, si los emigrantes que las saltan atacan fieramente a los guardias civiles hiriendo a un montón y se van de chinitas, si no hay suficientes efectivos que contengan la avalancha, si Marruecos trabaja, en ocasiones, con celo para frenarlos, en otras, menos, ¿cómo los jóvenes que viven con grandes penurias en más de media docena de países africanos no van a intentar llegar como sea a España?. El efecto llamada funciona a todo gas aunque alguno de nuestros dirigentes no quiera verlo ahora ni cuando se abrió las puertas al barco, con luz, taquígrafos y televisiones. Acto que por su humanidad  no criticamos pero cuyas consecuencias eran muy previsibles.

Las imágenes de la televisión y el desembarco dieron la vuelta al mundo. Para el africano que no las viese, cualquiera de los llegados - muchos de ellos tienen pronto milagrosamente un portátil- les habrá contado raudamente que España es un magnífico país de acogida.

Estoy seguro que más de una rama de los traficantes en transporte humano reunirá a una decena de jóvenes en Malí o Nigeria y les mostrará el menú: “por ocho mil dólares os llevo hasta la costa Libia, enfrente está Italia y tarde o temprano alguien os recogerá en el mar. Pero tengo aquí una oferta imbatible: sólo por diez mil dólares os monto en una patera o en un barco camino de España. La entrada es segura al cien por cien. Y la acogida más que aceptable”. Yo, si fuera de Mali, escogería la ruta española sin pestañear.

La emigración es un drama y un problema. Pero hay que abrir los ojos, no son, en su inmensa mayoría, refugiados políticos; el efecto llamada se produce con cualquier gesto y nosotros hacemos varios. Cortar el tema de cuajo, el ahora cacareado Plan Marshall para África, es irrealizable porque exigiría un desembolso de tal magnitud que no hay Gobierno español que esté dispuesto a asumirlo. Por último, nuestra capacidad de absorción no está agotada pero es limitada.

Y no lo olvidemos, muchos de los que llegan, al día siguiente, agarran el móvil y gritan eufóricamente los pobres, han salvado la vida y es comprensible: “Vente pa España Ahmed, o Mohamed o Habib”.