Franco y los Festivales de España

Cuando se apruebe la nueva Ley de Memoria Histórica uno no podrá nombrar al dictador Franco si no es para mentarle a sus muertos. Por el momento, sin embargo, podemos seguir comentando, aún sin entusiasmo, que el régimen franquista sí tuvo una política exterior, por ejemplo con Iberoamérica, que Franco hizo algunos pantanos, que logró que Petain le devolviera la dama de Elche que nos habían robado los franceses, que surgió aquí una clase media y que uno disfrutó con los Festivales de España que su régimen estudiadamente fomentó.

Los Festivales de España de la época eran, con frecuencia, la única posibilidad con que los pueblerinos  que no vivían excesivamente lejos de capitales pudieran contemplar excelentes obras de teatro y conciertos de música clásica a precios que no eran disparatados. Pudimos ver de jovencitos a Ataulfo Argenta en Santander, a Victoria de Los Ángeles en la Alhambra o el Generalife de Granada y a Francisco Rabal y Guillermo Marin interpretando  “Edipo” en la glorieta de Murcia (Sería injusto dejar en el tintero a la compañía Lope de Vega, que se prodigó en Festivales, del irrepetible José Tamayo). Más de un aficionado al teatro o a la clásica surgió de esos eventos.

Con el  Internacional de Santander que creo nació en 1945 pronto aprendió al régimen que era un pequeña ventana al exterior en un momento en que estábamos aislados. Lo alentó con subvenciones de verdad y atrajo a artistas y a un turismo que creaba opinión fuera y que contaba que en España no todo era pandereta y toros. La Plaza porticada en la que cabían una 3.400 personas era un escenario impresionante para los estudiantes que hacia 1960 acudíamos a un albergue del SEU en Santillana. Por su aforo los precios resultaban asequibles.

El otro internacional, el de Granada, con raíces en conciertos en el Generalife de fines del XIX fueron asimismo fomentados por el régimen. Los espectáculos para un provinciano eran deslumbrantes. Muñoz Molina ha escrito que los Festivales granadinos han servido para reforzar el vínculo entre la ciudad imaginaria y la real.

La proliferación de los Festivales han desdibujado a los dos colosos de antaño aunque sigan ofreciendo notables actuaciones. La geografía española especialmente en este mes de julio despliega una abundante cosecha de espectáculos teatrales y de música clásica. El de Mérida, gestionado hábilmente por Jesús Cimarro, brilla ahora enormemente. No menos de seis espectáculos clásicos ofrece su programación. Todos de calidad. Hay otros que encuentran el cariño del público, el de teatro de Almagro, Olmedo, Alcalá de Henares, Perelada…Y otros, pegaditos a la capital de España, nos ofrecen con, por utilizar la frase de la publicidad de Lo que el viento se llevó, “un reparto de centenares de actores” un montaje original, multitudinario, insólito de Peribáñez o el Comendador de Ocaña en la impresionante Plaza mayor del pueblo.

En mi juventud disfrutábamos, un tanto atónitos, con el menú de los grandes festivales. Ahora bien, teníamos, desde el pueblo, que tomar dos autobuses, pernoctar en un hotel, etc…Hoy día, Alcalá, Olmedo, Perelada, Ocaña... los tenemos a un tiro de piedra. Coges el coche, te relajas, te instruyes, te tapeas y duermes en casa.