Trump gana un juego en Corea

La cumbre entre Trump y el coreano Kim, aunque con contornos nebulosos, no ha sido el parto de los montes: algo tangible y no baladí parece haber salido de ella. Los dos enemigos, el Presidente yanqui y el dictador norcoreano  han resultado ganadores ante la opinión pública.

Trump, después de los desplantes llamativos en la cumbre canadiense del G-7, difícilmente podía permitirse que el histórico encuentro con el coreano acabase asimismo como el rosario de la aurora. Habrían sido  dos fiascos en la misma semana.

En el acuerdo se dice que el objetivo es alcanzar una desnuclearización total de la península coreana. Dado que la próspera Corea del Sur no tiene arma nuclear y Estados Unidos retiró las que tenía en ese territorio esto apunta a que Kim ha accedido, de alguna forma, a desmantelar su armamento nuclear. Esto es sólo un arranque, el coreano puede sin duda volverse atrás pero es un venturoso comienzo que enorgullece a Trump y que irritará a sus numerosos detractores incluso en su país. Se dice que la desnuclearización será completa pero el texto no recoge otros dos calificativos que exigía la parte americana, los de “verificable y irreversible”.

Kim y su padre han sido maestros en engañar a Occidente y a Rusia en el pasado. Con todo, el histórico paso es un éxito, ¿momentáneo? para el presuntuoso Trump que puede alardear de haber logrado algo con lo que soñaron Clinton y Obama.

Los norcoreanos obtienen la paralización de las maniobras militares de Washington y Seúl y a medio plazo probablemente una reducción de la presencia militar estadounidense en Corea del Sur así como el levantamiento paulatino de las sanciones económicas que hacen mucha pupa en el país. Si el coreano Kim va en serio habrá que ver como lo vende al ala dura de su régimen-hace semanas hizo una purga de su cúpula militar-, unos dirigentes que han mamado que Estados Unidos es la fuente de todos los males que azotan a su país. Vuelve a su tierra satisfecho con unas imágenes codeándose con el hombre más poderoso del planeta y con el retrete portátil que transportó a Singapur no queriendo quizás que sus excrementos fuesen examinados por los pérfidos servicios de espionaje extranjeros.

Desde ese punto de vista, el de la imagen, el americano lo tiene más fácil a pesar de su espantada de Canadá tras la que llamó debilucho y deshonesto al anfitrión Trudeau.