Macron buscando el oído del César

El Presidente francés está ya en el segundo día de su visita de estado a Estados Unidos. La prensa estadounidense,  sobre todo la muy numerosa adversa a Trump, que ve en su Presidente la fuente de muchos males, se inquieta de que el francés con su prestigio, blanquee la mediocre o mala imagen de su colega americano. Al audaz francés no parece importarle: quiere reforzar, en momentos de vacilaciones de Merkel, su aura de líder indispensable europeo y, por otra parte, tratar de suavizar determinadas posturas de Trump sobre problemas internacionales. En Europa, no parecemos estar convencidos de que lo logre. Una encuesta del periódico Le Figaro concluye que 66% de los millares que responden opinan que la influencia de Macron será nula o mínima.

Es costumbre que los presidentes franceses hagan pronto una visita de Estado, de más pompa que las de trabajo, a Estados Unidos. Desde de Gaulle todos los predecesores de Macron, con la excepción de Sarkozy, la han realizado. En esta ocasión, Trump, que en su verborrea nunca ha metido puyas contra el francés, no ha escatimado el boato. La primera noche cenaron en Mont Vernon, casa de verano del presidente Washington y quizás el edificio histórico más importante de Estados Unidos. Las conversaciones de esa jornada parece que han sido un simple aperitivo, las próximas elecciones legislativa americanas, como fluctúan los sondeos de aceptación de Trump -actualmente se mueven en un 40%- algo de terrorismo y algo de Siria. Es sabido que, muy de acuerdo en el castigo dado a Assad, los presidentes no están totalmente de acuerdo en la marcha de los soldados estadounidenses. Trump tiene tentaciones de ordenarlo y Macron quiere que se queden.

Hoy habrá hablado de platos fuertes, la guerra comercial con China e incluso con los aliados de Washington que ha esbozado Trump y la cuestión más espinosa, Irán. Todos los aliados de Washington, todos los occidentales, creen que el acuerdo nuclear logrado con Teherán es imperfecto, pero que las consecuencias de denunciarlo serían mucho más funestas que respetarlo. Trump manifiesta intermitentemente su desacuerdo. Si Macron logra arrancarle que no es el momento de romperlo -“no hay Plan B” ha manifestado el francés- su estatura subirá. En Europa y en el mundo.

Protocolariamente la cena de estado del martes tiene ciertas peculiaridades. Trump sólo ha invitado a unas ciento veinte personas (en otras ocasiones similares han asistido 320) entre las que hay pocos congresistas y NINGUN periodista. El Presidente los denigra, a menudo, en público lo que no parece restarle votos. Se sirven vinos americanos de Oregón y California pero todos procedentes de cepas francesas.

Trump también necesita aplausos. El libro de Comey antiguo director  del F.B.I destituido por el Presidente,  en el que  literalmente se pone a Trump a caer de un burro ha vendido más de medio millón de ejemplares en una semana. Una hazaña y casi un récord dado que incluso los adversarios de Trump, bastantes demócratas, detestan a Comey al culparlo de la derrota electoral de Hillary Clinton por su actuación en las semanas que precedieron a la elección.