Siria, ¿y ahora qué?

El ataque aliado a Siria frenará en los próximos meses las veleidades químicas de Assad pero no ha resuelto, ni allá cerca, el tema de fondo. La paz no volverá a un país destruido, ensangrentado para bastante tiempo, y el dictador sirio es casi seguro que permanecerá en el poder. Los que en Occidente y en algún país árabe claman por que Trump siguiera con su castigo y parara las barbaridades de Assad deponiéndole no lo van a conseguir. El americano, lógicamente, no quiere incordiar demasiado a Rusia. La escalada podría ser funesta para todos.

Lo que sí ha demostrado la bofetada a Assad es que la comunidad internacional está profundamente dividida también en este tema. La mitad de los países ha aplaudido el bombardeo y la otra se ha enfurruñado. La ONU ha mostrado de nuevo su intrínseca inoperancia por culpa de su maldito veto que faculta a un solo país, en este caso Rusia, a paralizar la actuación de la Organización.

En los países que han apoyado ha habido disensiones no excesivamente llamativas. En algunos casos, como el del laborista británico Corbyn, basadas en argumentos pueriles. Sostener que no se puede aprobar un ataque sin la bendición de la ONU sabiendo que uno de los poseedores del veto va a trabar cualquier intento de actuar es una excusa infantil, demagógica y cortoplacista. En otros ambientes occidentales ha habido quejas, no por el ataque en sí, los defensores de posturas humanitarias no podían a oponerse a castigar al perpetrador de una atrocidad como gasear a su población, sino por cuestiones de fuero. En bastantes sociedades democráticas existe el convencimiento de que el ataque debería haber sido discutido en el parlamento, que el gobierno no debería obrar sin el. Lo creen incluso algunos que estaban encantados con bombardear a Assad.

En Estados Unidos, la opinión pública está en este tema con Trump, no solo por castigar a un villano sino porque este, que había sido advertido incluso por Obama, no se burle de la nación más poderosa del mundo.

La división, sin embargo, en efectos colaterales, también se da en Washington. El presidente había anunciado que Rusia tendría que pagar por cobijar al forajido de Assad. Emergió que habría una nueva oleada de sanciones a Moscú y sus empresas. El convencimiento era tal que la Embajadora de Estados Unidos en la ONU, la contundente N. Hailey anunció el lunes que se iban a anunciar que clase de sanciones. El Presidente, unas horas más tarde, la contradecía abiertamente. Por ahora, no habrá más sanciones. El giro de Trump, como tantas otras de sus cosas, se presta a diversas interpretaciones.