Yo tengo un sueño

Este miércoles, día 4, se cumple el cincuenta aniversario del asesinato de Martin Luther King por un franco tirador racista en un motel.  King es un sacerdote negro baptista que ha contribuido a cambiar la historia de Estados Unidos. Hay incluso un día de vacación en el mes de enero para recordar su memoria.

El arranque de su carrera, y de su leyenda, se encuentra en el arrojo mostrado por una negra de color Rosa Parks, costurera en unos almacenes de Montgomery, que  decidió, en diciembre de 1955, ponerse por montera la ley que prohibía a los negros sentarse en la parte delantera de los autobuses; cuando el conductor intento echarla de los asientos delanteros dijo estoy cansada y no se levantó. El conductor blanco llamó a la policía y fue encarcelada.

Como protesta, la numerosa población negra de la ciudad organizó un boicot de los autobuses que duró un año. Ahí surgió la oratoria enérgica pero calmada de un joven pastor baptista, Luther King. Sería también encausado- en una ocasión lo liberó la intervención del entonces senador Kennedy- y cuando iba a defenderse a sí mismo llegó una noticia espectacular: El Tribunal Supremo de los Estados Unidos declaraba inconstitucional la segregación practicada en los autobuses. El boicot había dado un golpe crucial a los supremacistas blancos.

King siguió su carrera de activista político con una digna y elocuente defensa de los derechos humanos. Rompía todos los estereotipos negativos sobre los negros, no llegaba tarde sino muy puntual, no gritaba sino que se expresaba con compostura y voz templada y no vestía desmadejadamente.

El movimiento por los derechos humanos y la promoción de la gente de color integró a personalidades destacadas, bastantes de ellas blancas, pero King lo apuntaló con dos bazas importantes. Era un magnífico orador. Su discurso (“Yo tengo un sueño”) al finalizar la marcha sobre Washington en Agosto de 1963, en la que acaudilló a 250.000 personas, es una pieza oratoria que historiadores y estudiantes de la oratoria colocan junto a la Declaración de Gettisburg del venerado Lincoln y la también famosa de Kennedy (“No preguntes lo que tu país puede hacer por ti, pregunta lo que tú…”) que sería hace unos pocos años imitada por nuestro soñador Zapatero. Además, King supo manejar magníficamente, en momentos en que la televisión se hacía nacional en Estados Unidos,  los medios informativos. Sabía en qué lugares y contra que líderes racistas podían tener más eco sus manifestaciones, la hora en que la cobertura sería mayor y era consciente de que periodistas debía mimar a los periodistas.

El casi canonizado King fue espiado por el FBI, deseoso de encontrar fallos en su comportamiento y explotarlos (el presidente Nixon en su memorias desliza sibilinamente que Bobby Kennedy, fiscal general en el reinado de su hermano, fue el primero que pidió que le pincharan el teléfono) y trascendió con bastante verosimilitud que el casado King era muy mujeriego y que había plagiado una parte de su tesis en la que había trabajado arduamente.

Las flaquezas del gran hombre fueron globalmente olvidadas. Su enorme talla humana y su vil asesinato borraron todo.

Sería un presidente republicano, Ronald Reagan, quien instauraría en 1983, quince años después de su muerte, la fiesta que lleva su nombre.