Europa aliviada con Alemania y se atraganta con Italia

Berlusconi

Se me dirá que la opinión pública de nuestro continente no está precisamente centrada en los avatares de la Unión Europea aunque una parte importante de nuestro bienestar esté ligada a ella. Sin embargo, en cancillerías y grandes empresas de nuestro entorno los sobresaltos en cualquiera de los países grandes de la Unión preocupan sobremanera -pensemos en el susto catalán de finales del año pasado- y, por ello, los recientes acontecimientos de Alemania e Italia de este fin de semana han sido, en esos círculos restringidos, seguidos con enorme atención. En las primeras horas del domingo, conociendo que los socialistas alemanes, haciendo de tripas corazón, aprobaban con madurez la alianza con el centro derecha, ¿se imaginan a Pedro Sánchez haciendo campaña entre sus militantes para que apoyasen un gobierno compartido con Rajoy?, hubo un ruidoso suspiro de alivio. Pocas horas más tarde, se fruncían los ceños y cundía el desánimo. Los italianos fieles a su tradición votaban a un Parlamento aparentemente ingobernable. Los sondeos, esta vez, iban bastante bien encaminados.

Lo que llama la atención es que los dos partidos latinos más votados sean el inclasificable e izquierdofilo “5 estrellas” (32’6 por cien de los votos), no hay excesiva similitud con Podemos o con otros populistas europeos, y el tachado de xenófobo “La liga”.

Los partidos tradicionales, aunque lleven otras etiquetas, han sido claramente derrotados. Berlusconi tiene más vidas que un gato, pero puede pasar a la historia con su risible 14%. Italia sin embargo es la tierra de las sorpresas, de las coaliciones inimaginables en otras latitudes, y aunque la alianza de las derechas parece más viable que otra solución hoy nadie descarta que los dos vencedores, los de 5 estrellas, capitaneados por Di Mario, un joven de 31 años, y los de la Liga con su mensaje anti emigración formen un pacto.

Uno y otro han ganado por su credo antisistema y por el cabreo generalizado en Italia por la cuestión de la emigración. Los colegas europeos han sido enormemente cicateros a la hora de acoger los centenares de miles de emigrantes llegados a las costas italianas. Napolitanos, romanos y milaneses piensan que Europa se ha fumado un puro con ese problema que debía ser de todos. Los frenos trabajados por las instancias comunitarias para reducir la avalancha de extranjeros desnutridos han beneficiado sobre todo a Alemania pero no a Italia que ha sufrido la catarata llegada desde Libia y procedente de África. De nuevo la emigración cambiando el mapa político de Europa.

Ese pacto antinatura, de la estrella y la liga, es lo que verdaderamente preocupa en la Europa que piensa en el futuro de la Unión. Juncker había advertido de los peligros de la elección italiana. Probablemente, sus comentarios temerosos de una derrota de los partidos moderados ha hecho el juego de los populistas ante un electorado que siendo en el pasado uno de los más europeístas, amén de fundador del Mercado común, se ha vuelto claramente escéptico sobre los beneficios de pertenecer a la Unión y la solidaridad de las demás naciones europeas. Quiere cada vez menos trágalas de Bruselas y de la mandona de Europa, es decir, Alemania.

Las elecciones han mostrado la división italiana, incluso entre los partidos ganadores uno domina aplastantemente el Sur y otro el Norte, pero reflejan asimismo que Europa está igualmente dividida.

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