Espiando al amigo

En las pasadas fechas hemos sabido que los Mossos de Escuadra habían recibido un aviso de los servicios secretos de Estados Unidos alertando sobre un posible atentado. Hecho luctuoso que luego tendría lugar en Cambrils. Los americanos habían hecho lo normal: avisar. Los Mossos parece que no advirtieron a los servicios de inteligencia nacionales o no se tomaron en serio la advertencia. Ocurre, con relativa frecuencia que un servicio de información de un determinado país no tiene tiempo de comprobar todos los avisos o confidencias que recibe. Ello, en este caso, no es una excusa suficiente dado que la información que proporciona la inteligencia yanqui debe tener una cierta prioridad. En temas de terrorismo es más fiable.

Otro pecadillo de los Mossos es que en fechas delicadas estuvieron espiando a elementos de la Guardia Civil y a personas adversas al movimiento separatista. Debían imitar a Hollywood en cuyos films vemos rencillas esporádicas entre el FBI y la CIA. O al cínico de Mitterrand que espiaba a sus adversarios políticos. La actitud de los Mossos, sumada a su pasividad el 1 de Octubre, puede así resultar preocupante.

Leemos igualmente que los aliados europeos, tan puros y tan indignados por las escuchas de la NSA estadounidense hacen también diabluras. Los servicios de información alemanes han espiado a varios periódicos extranjeros. Numerosos periodistas de la BBC, algunos del New YorK Times y otros de la agencia Reuters así como a los Ministerios del Interior polaco, danés, austriaco y estadounidense. En otras ocasiones, y por encargo de la NSA yanqui, habrían grabado a dirigentes de la Comisión europea.

Esto, realizado por un gobierno que se había rasgado públicamente las vestiduras porque Washington había pinchado el teléfono de la señora Merkel, nos abre los ojos sobre el cinismo que impera en la arena internacional y que también contamina a los que parecen más virginales. Los americanos grababan conversaciones de la mandamás de su aliado germano, no podían alegar que estaban luchando contra el terrorismo, y los teutones replicaban espiando a derecha e izquierda.

Ante esta psicosis no causa extrañeza que hace tres días un político catalán contara que un posible agente de los servicios centrales de nuestro país lo fuera siguiendo con aire distraído por las calles de Barcelona… en patinete. Su nombre de guerra debía ser Mortadelo.