El bocazas y los emigrantes

Es difícil que, visto lo visto en el año que lleva en el poder, el presidente Trump pueda sorprendernos. Sin embargo, puede y normalmente de forma desagradable.

Es cierto que Trump, aunque sus enemigos no lo acaban de creer, no ha inventado las restricciones migratorias en Estados Unidos, el sistema de cuotas, ni el muro que separa parte de Estados Unidos de Méjico. En absoluto, todo eso existía y, en ciertos aspectos, persiste en Estados Unidos. Lo que distingue al actual Presidente es su zafiedad, es su insulto gratuito, es su capacidad de ofender vergonzosamente a colectivos o naciones. La lista de los agraviados es enorme. Su comentario sobre “las naciones de  mierda” (Haití, Salvador…) colma el vaso.

La sociedad o las autoridades estadounidenses han sido, con frecuencia excluyentes con respecto a los extranjeros. Los chinos fueron mirados por encima del hombro a partir del momento que comenzaron a llegar a mediados del XIX. Sólo durante la II Guerra Mundial, dado que China luchaba también contra Japón, se permitió de nuevo su entrada que había sido restringida en 1882. De los italianos también se dijo ya en el XX que llegaban para robar empleos a los estadounidenses. La ley de cuotas migratorias de hace casi un siglo favorecía a británicos en detrimento de húngaros, italianos y españoles. Obama, el venerado, expulsó a decenas de miles de emigrantes ilegales. Cierto.

Hay que añadir que el actual Presidente estaba a punto de llegar a un acuerdo con el Congreso por el que se detenía la programada expulsión de los “dreamers” (personas llegadas a Estados Unidos desde El Salvador -200.000, Haití, Honduras… a causa de la guerra civil o de terremotos de hace siete o quince años y que, con hijos nacidos en EEUU, se sienten ya yanquis) y, a cambio, el sorteo anual de 50.000 visados para gente de diversos países se reducía o se extinguía. Más de 80% de estadounidenses quiere que los dreamers se queden.

En el acuerdo, Trump iba a conseguir uno de sus sueños: los fondos para hacer otro gran tramo del muro.

Su infumable comentario aludiendo a varias naciones (“¿Para qué queremos a gente de esos países de mierda? A mí me gustaría que nos llegaran noruegos”) ha sido un sobresalto en el acuerdo y mostrado un rasgo congénito del personaje: la incontinencia verbal, la irreflexión, el narcisismo, la grosería y la escasa humanidad. Sus detractores dicen que el racismo. En todo caso, fue una frase rastrera y mendaz en la boca del Presidente de la nación más importante del globo.