Los millonarios filántropos

La pareja de Bill y Melinda Gates son el ejemplo más llamativo, deslumbrante incluso en la época en que vivimos, de filantropía. Fundadores de Microsoft tienen una fortuna inmensa. Pagan, en contra de lo que diga algún revolucionario despechado, sus impuestos religiosamente. Sin embargo, dejando la gestión del gigante tecnológico en otras manos, se dedican casi a tiempo completo a ayudar a gente desvalida principalmente del tercer mundo. Los Gates han hecho varias machadas elogiables: han creado una fundación solidaria con un fondo de más de 40.000 millones de dólares. Cada año la fundación gasta unos 6.000 millones en proyectos sanitarios, lucha contra el sida…, y agrícolas, especialmente en África. Han decidido dejar, a su muerte, uno noventa por cien de su fortuna a proyectos benéficos de ese tipo y han convencido a Buffet, otro con ellos de los cuatro individuos más ricos del mundo, a hacer lo propio. Por último, junto con Buffet, han lanzado la campaña Giving pledge destinada a convencer a otros millonarios del mundo a imitarlos total y parcialmente. Ya hay 170 que se han unido a la causa.

Hay bastantes ejemplos de estadounidenses generosos con sus ingresos. De vez en cuando leemos que un tal Smith ha donado la friolera de 100 millones de dólares a la institución en que hizo sus estudios. La noticia se repite. No es raro, por la tanto, que uno de los cargos más importantes de cualquier universidad estadounidense sea el del decano colector de fondos. Es un país en el que la actividad cultural y académica está en cierta medida financiada por el mundo privado, hay rectores que emplean una buena parte de su tiempo en colectar recursos y Plácido Domingo, como director de la Ópera de Los Ángeles, no escatima tiempo en este sentido.

Los filántropos preocupados con la situación en el tercer mundo, los Gates, por ejemplo, son conscientes de dos cosas. La ayuda estatal de los países ricos aunque subió levemente en el 2016 después de haberse estancado, ascendió a 140.000 millones de dólares, bajó, sin embargo en África, que es el continente en el que habita el 50 por cien de las personas extremadamente pobres. En segundo lugar, están muy convencidos de que los fondos no deben ser malgastados. Hace años unos bien intencionados donantes dieron unos millones para comprar redes contra los mosquitos para detener la malaria en Malawi. Las redes acabaron en el mercado negro para ser utilizadas para pescar. Al estar impregnadas de un repelente para ahuyentar a los mosquitos causaron la muerte de miles de peces. Los sinvergüenzas también abundan, pues, en el tercer mundo. De ahí se deduce que un donante modesto debe saber con qué ONG se juega los cuartos y un boyante millonario con quién monta una campaña solidaria. Por ello, ya existen consultorías que indican a los potentados dadivosos qué gobiernos son dignos de confianza, Ruanda, Etiopía, hoy por hoy, y cuáles son vidriosos

La moda de estos millonarios solidarios llega, ¡oh sorpresa!, hasta África. Empieza a surgir allí una serie, corta por el momento, de personas muy desahogadas que entregan jugosas cantidades de dinero. A la liga de Gates ya se ha apuntado la familia Motsepe de África del Sur, legará la mitad de su fortuna, y otros en Nigeria (Ovia), Zimbabwe (Masibiya),Tanzania, etc…

Esta filantropía a gran escala, donaciones millonarias a universidades, bibliotecas o a proyectos voluminosos en el tercer mundo, no está aún extendida en nuestro país. Y cuando alguien da un paso loable en esa dirección, Amancio Ortega, surge algún descerebrado que lo critica. Vivir para ver.