Cifras, demagogia y emigración

Una noticia aparecida en estas páginas da cuenta de que ha aumentado espectacularmente el número de enlaces matrimoniales efectuados ante los notarios de nuestro país. Más aún las separaciones y divorcios que los uniones (7.258 matrimonios y 9.362 divorcios o separaciones entre junio del 2015 y diciembre del 2016). Estas cifras son incontestables porque están proporcionados por los Colegios notariales y nuestros notarios informan muy fehacientemente.

Me sorprendo a diario, sin embargo, con la alegría con que se manejan otras cifras con fines claramente partidistas. Hace tres años cuando nos esforzábamos en salir de la crisis, de la que aún hay abundantes secuelas, en frecuentes tertulias televisivas se oía la frase impactante de que había “unos dos millones de familias españolas en las que NINGUN miembro ingresaba nada”. El paro azotaba a muchas familias españolas, cierto, ¿pero podía ser creíble que hubiera esa cantidad de familias en que ningún miembro, padre, madre o hijos, INGRESARA nada? ¿Ni en trabajo precario, ni en la cuantiosa economía sumergida de nuestro país? La cifra estaba claramente engordada, bien intencionadamente por personas que veían situaciones injustas a su alrededor y se tragaban crédulamente el número o tendenciosamente para señalar a Rajoy y al Gobierno porque, claro está, no se iba a admitir que tanto en la época del último PSOE como en los albores de este PP también había importantes causas externas en la crisis.

Hay muchos más ejemplos. Los datos absolutos del desempleo en su momento álgido también eran cuestionables dado el número de personas que laboraban de una forma u otra sumergidamente.

Curioso asimismo es el clamor originado por la cantidad de personas que se han visto forzados a marcharse de España porque el “Gobierno, aceptando las órdenes de la señora Merkel, había impuesto un recorte inhumano”. Este éxodo afectaba fundamentalmente a los jóvenes. Daba la impresión de que todos esos jóvenes se largaban al extranjero, donde estaban siendo explotados en trabajos muy por debajo de su formación profesional, y suspiraban a diario por volver a España.

La simplificación era también obvia. Más de uno de generaciones anteriores hemos trabajado en el extranjero para pagarnos estudios de idiomas por ejemplo, hemos dado clases particulares, lavado platos… y no hemos pensado que nuestra situación era angustiosa sino que la experiencia podía ser enriquecedora y aprendíamos una lengua útil para el futuro.

En apoyo de la tesis derrotista se citaban las cifras cuantiosas de los españoles viviendo en otras naciones y de los jóvenes dolorosamente expatriados. La realidad era más sobria, somos uno de los países de la Unión Europea con menos porcentaje de nacionales en el extranjero (la rica Alemania tiene un 4´45%, Italia el 4´3, Portugal el 13… y España el 2). No estamos, pues, tan mal parados aun considerando la emigración como algo no deseado.

La emigración, sobre todo la permanente, puede no ser agradable pero los españoles nos hemos vuelto un poco caseros y comodones. El porcentaje de personas que no abandonaría su lugar de residencia por un buen empleo que esté a 100 kilómetros es de los más altos del mundo occidental y en Estados Unidos, cuando lo citas, no lo creen.