La plancha de Colombia, la ONU y el rey Juan Carlos

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Los referéndums, o referenda, los carga el diablo y van... Si el Brexit fue una sorpresa, no prevista por Cameron cuando lo convocó, el plebiscito de Colombia es otro tanto. El presidente Santos, su convocante, y la comunidad internacional pensaron que el triunfo del sí era casi pan comido.

Se ha atragantado. Con una participación relativamente baja, lo que es frecuente en Colombia, ganó el no. Los colombianos no aprueban, por estrecho margen, que se llegue a ese acuerdo con unos guerrilleros que son reconocidos narcotraficantes y que han asesinado con profusión.

En el remolino del no se ha planteado el interrogante de qué hacía el rey Juan Carlos días antes en la ceremonia de firma de un acuerdo cuestionado, y cuya aplicación dependía de un plebiscito de resultado incierto. La respuesta es sencilla. El Rey hacía lo mismo que la práctica totalidad de la comunidad internacional. No se trataba de un acuerdo amparado y monopolizado por el rojerío internacional. Había sido bendecido por la ONU, Estados Unidos... El secretario general de Naciones Unidas y el secretario de Estado Kerry estaban presentes, sonrientes, así como una docena de Presidentes iberoamericanos.

Por tanto, si alguien se ha columpiado con la previsión del resultado plebiscitario ha sido la casi totalidad de la comunidad internacional ¿Qué Gobierno español, de cualquier signo, que es requerido por un Gobierno amigo iberoamericano para que mande a alguien relevante a un acto trascendental, sabe que el acto cuenta con el beneplácito internacional y, entonces, se hace el estrecho y responde que envía a un subsecretario?

El hecho, con todo, es que los impulsores del sí se equivocaron al olvidar varias cosas. La primera es que las encuestas podían muy bien equivocarse porque más de un colombiano al que le repugnaba el acuerdo tenía reservas al ser preguntado porque parecía de mal tono cerrar la puerta a la posible paz. Tampoco prestaron atención a otras encuestas que apuntan a que los colombianos tienen una opinión muy negativa de los guerrilleros de las Farc (sólo 6% de opiniones favorables), bastante alta de la prensa (60%) y muy alta del ejército y de la iglesia (75 y 76%).

El acuerdo rechazado podía tal vez traer la paz después de 52 años. Dato fundamental. Pero al mismo tiempo muchos colombianos acusan a la guerrilla de dos gordos pecados no imputables, en principio, a algunos otros grupos levantiscos. Se levantaron y han luchado contra gobiernos legítimos, democráticos, algo que se olvida con frecuencia y, por otra parte, han cometido innumerables delitos horribles, financiarse con la droga, secuestros, terribles atentados, etc.

Como el propio Santos dijo pidiendo el sí, era claro que los colombianos tendrían que tragar muchos sapos al votar afirmativamente. Sus contrincantes partidarios del no, los expresidentes Pastrana y Uribe, han pensado que eran demasiados sapos dadas las concesiones que se otorgan a los guerrilleros (asientos en el Congreso, un mucho de “pelillos a la mar”...) Un número importante de colombianos no ha querido tragarlos.

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