Trump ya no es ciencia ficción: su posible debut

Las redes sociales de Estados Unidos abren con la noticia de que Brad Pitt y Angelina Jolie se han separado y con el discurso de Obama en Naciones Unidas pero la atención, hoy, está en otra parte.

El republicano Trump sigue sorprendiendo. La distancia en los sondeos que le llevaba Hillary Clinton ha desaparecido en buena medida. ¿Ha cambiado las tornas el anuncio de la neumonía de Clinton y la forma tramposa con que su equipo la explicó? ¿Hay ciudadanos que se han alarmado de la metedura de pata de la candidata cuando dijo que una buena parte de los votantes de Trump eran personas deplorables? ¿Ha influido que el millonario, con un nuevo equipo de campaña, ha moderado su incendiario lenguaje? El hecho es que la diferencia en los sondeos roza ahora sólo el 1%, nada en definitiva, y ahora tenemos que medir el impacto del atentado en Nueva York que, en principio, no tiene por qué favorecer a Hillary.

En estas fechas, a menos de cincuenta días de las elecciones, y aunque la demócrata siga apuradamente en cabeza, hay algo más de nerviosismo en los asesores de Clinton que en los de Trump. Los columnistas cercanos a los demócratas recalcan que habría que pregonar no ya las limitaciones de Trump, alguien ha dicho que el mayor problema del republicano es que no sabe que es lo que no sabe, sino las virtudes de Hillary: es trabajadora, preparada, lista y no va a meter al país en ningún lío.

Con todo, la posibilidad de que Trump gane ya no es ni ciencia ficción ni un chiste macabro. Independientemente de sus intenciones de voto el porcentaje de estadounidenses que creían hace dos meses que Trump podía alcanzar la Presidencia estaba muy por debajo de lo que marca ahora, aquí se acerca también al de Clinton. Y empiezan las especulaciones sobre como gobernaría y que decisiones tomaría en los primeros cien días de gobierno. En Estados Unidos la balanza del poder implica que hay bastantes decisiones que la Presidencia no puede adoptar sin la aquiescencia de las Cámaras. Ello no impide que los presidentes puedan dar pasos importantes mediante lo que se conoce con el nombre de “órdenes ejecutivas”. Reagan lo hizo con profusión al llegar al poder y Obama lo ha hecho esporádicamente, en temas importantes, a lo largo de su mandato.

Otra especulación es la de cuantas promesas cumpliría el candidato al llegar al poder. El estudio del pasado en Estados Unidos desmiente el axioma, no sé si de Tierno Galván, de que las promesas electorales están para incumplirlas. Ensayos sobre el grado de cumplimiento de los Presidentes desde Wilson a Carter muestran que llevaron a cabo lo que habían prometido en un 73% de los casos. Obama alcanza un 70%.

Lo que equivale a decir que Trump, el primer candidato que subiría a la Presidencia sin ninguna experiencia de gobierno, cumpliría bastantes de las promesas, disparatadas según sus enemigos, que ha formulado a lo largo de este año. Podría parar la implementación del acuerdo climático, expulsar a miles de emigrantes, revolucionar los servicios de inteligencia, limpiar la cúpula militar, alterar conservadoramente, al haber prontas jubilaciones, la composición del Tribunal Supremo, etc. El poder, luego, atempera pero los enemigos de Trump no las tienen todas consigo.