Los refugiados y los votos

Si en la mente de Putin estaba que, ayudando al sirio Assad a liquidar a los insurrectos, iba a multiplicar el número de refugiados camino de Europa para que nos creasen problemas lo está consiguiendo. El mapa electoral europeo cambia con la avalancha de refugiados. Sin el tema de los emigrantes y los refugiados el voto del Brexit no habría ganado en Gran Bretaña. Algo que nos traerá consecuencias.

En Alemania, la popularidad de Merkel, que estaba en las nubes en el momento en que permitió generosamente la entrada en su país de más de un millón de refugiados en un año, se ha resentido. Ha bajado más de veinte puntos y su partido ha perdido la elección precisamente en el estado del que ella procede. Un partido a su derecha que denuncia la “ingenua" actitud de Merkel sube como la espuma. La canciller tiene que rebobinar, ahora se admitirán a refugiados con bastante más parsimonia y comienzan a aprobarse preceptos que reducen la posibilidad de que estén mantenidos a perpetuidad por el contribuyente.

En otros países el problema es más grave. Hungría y Austria han salido respondones a la decisión de Bruselas de imponer cuotas, es decir, la admisión de un determinado número de refugiados. En Hungría, el gobierno de Orban ha cerrado las puertas y celebra un referéndum el día 2. En un folleto remitido a millones de votantes, el ejecutivo argumenta que no está rechazando el mero hecho de imponerles a 1.300 refugiados. Orban apela a los votantes arguyendo que el país, con la avalancha de refugiados, puede ir camino de perder su cultura, sus valores: “Tenemos derecho a decidir con quién queremos vivir”.

El ministro de Exteriores de Luxemburgo, Jean Asselborn ha reaccionado indignado ante la actitud húngara. Pide que se expulse, momentánea o definitivamente, a Hungría de la Unión Europea por construir vallas contra los refugiados y tratarlos como animales. Lo curioso es que Budapest no está solo. No sólo Austria, sino Polonia y algún otro centroeuropeo comulga con bastantes propósitos de Orban.

La cuestión de los refugiados y emigrantes es delicada y divide. Cerrar las puertas a cal y canto a personas que huyen de la opresión o de la muerte no es de recibo ni está de acuerdo con nuestra tradición y legislación. Abrirlas de par en par, a cualquier tipo de emigrante, es demagogo y contraproducente.

La arenga entusiasta de Carmena a las decenas que saltaron la valla de Melilla es infantil y torpe. Animando a que más lo hagan es una torpeza. La alcaldesa de Madrid parece estar embarcada en esa corriente buenista que, en aras de la solidaridad, no ve las consecuencias de un acto. ¿Se percata de que si quitáramos la valla, como parece desear, habría un efecto llamada inconmensurable? El primer día entrarían dos o tres mil, el siguiente cinco, el tercero otros cinco mil y así hasta vaciar a una decena de países de África, a cinco árabes y a tres o cuatro asiáticos de los millones de personas que tienen una situación laboral que no les gusta? ¿Puede España, por compasivos que seamos, permitirse esto?