Clases de protocolo filipinas

A dos meses justos de las elecciones que marcan el fin de su mandato, Obama sigue teniendo problemas en el campo internacional. El drama de Siria continúa sin resolverse porque no hay entendimiento con Putin. El ruso, aunque también amenazado por el islamismo, sigue más interesado en apoyar a su aliado sirio que en dar un mazazo contundente a los islamistas. La química entre Putin y Obama nunca ha existido y no va a surgir ahora.

Con un aliado delicado, Turquía, el Gobierno estadounidense trata de tender puentes con dificultades. El turco Erdogan, para el que el fallido golpe de estado ha resultado un regalo del cielo, utiliza ahora métodos para sofocar a la oposición que no son democráticos. Son ampliamente denunciados por la prensa estadounidense. Ankara, además, no ha hecho el menor esfuerzo para acallar los rumores que circulan en Turquía sobre que Estados Unidos alentó el golpe contra Erdogan. Esto es desleal para algún periódico como el New York Times.

La última sorpresa viene de Filipinas. El presidente de Filipinas está ya destacadamente en cabeza de los políticos lenguaraces y groseros, habiendo superado a Maduro, al Presidente de Corea del Norte y a otros políticos de tosco gatillo verbal. A pesar de su incontinencia y zafiedad el venezolano no había llamado nunca "hijo de puta" a Rajoy, uno de sus blancos preferidos, ni a ninguna otra de sus bestias negras.

El filipino Duterte es más osado. Lo ha hecho nada menos que con Obama. Posteriormente ha manifestado que lo lamenta y que, en realidad, la explicación es casi un chiste, que sentía que pareciese "un ataque personal al presidente de los Estados Unidos".

Duterte debe tener un concepto muy peculiar de lo que es un ataque personal. El hecho es que, después de oír que Obama había criticado su política de derechos humanos, se soltó el pelo diciendo: " Hijo de puta, te voy a maldecir en la próxima Cumbre a la que asistamos". La Cumbre era estos días en Laos y Obama, lógicamente, se ha negado a entrevistarse con el. El americano había sufrido, días antes, un desaire protocolario, tal vez intencionado, de las autoridades chinas que no le pusieron la alfombra roja al descender del avión como hicieron con otros dignatarios. No se sabe si fue un desliz o un deseo de bajarle los humos al Presidente de la nación más poderosa de la tierra que tiene crecientes controversias con China.

Ahora bien, el exabrupto grosero de Duterte casi no tiene precedentes, más infiere si tenemos en cuenta que Estados Unidos y Filipinas son aliados desde hace décadas, primero frente a Japón y ahora frente a China que reivindica pequeñas islas de todos sus vecinos incluida Filipinas. Duterte no puede permitirse excesivas alegrías enemistándose con Washington pero las frases burdamente altisonantes le han sido rentables hasta ahora.

El dirigente filipino ganó las elecciones con un programa en el que prometió luchar contra la droga. Lo cumple denodadamente y con excesos. Más de dos mil personas han sido ya muertas por la policía y por milicias cercanas al gobierno. Esto es lo que ha llevado a que surjan críticas en el exterior incluidas las de Obama.

Duterte no tiene paciencia y ha sacado la artillería pesada. Ha insultado a la iglesia católica (“no me jodas", le dijo), tachó al embajador americano de "maricón hijo de puta" y ha llamado idiotas a las Naciones Unidas. No hace mucho comentó que la guerrilla islamista Abu Sayaf pagará sus atentados terroristas. Llegará el momento, " en que me los comeré delante de la gente. Os comeré vivos, crudos".

No está evidentemente para dar clases de derechos humanos o de protocolo. Lo sorprendente, no obstante, es que Duterte tiene un índice de aprobación en su país cercano al 90 por ciento. ¿Quién lo iguala?