Rusia, Trump y los asesinatos

Putin

En una encuesta publicada en el Financial Times, indicando como votarían los ciudadanos del mundo en las elecciones de Estados Unidos - algo que según más de un comentarista deberíamos poder hacer- surge la sorprendente conclusión de que en Rusia el vencedor destacado seria Trump. En los demás lugares del globo, su opositora Hillary Clinton arrasaría. Especialmente en México, pero también en los países de Europa Occidental. Sin embargo, en Rusia ocurriría lo contrario. La disparidad es flagrante también en otros campos. Putin, por ejemplo, vuelve a hacer manitas con Erdogan en fechas en que el turco encuentra reticencias e incluso rechazo en Europa por su manejo de las consecuencias del golpe militar fallido que sufrió en su país. La aproximación militar de  Moscú a Teherán en el conflicto sirio también contrasta con la actitud de Occidente y el descubrimiento de la utilización organizada y sistemática del dopaje de los atletas realizada por instancias oficiales rusas nos retrotrae a la época de la guerra fría cuando aparecer por delante de los países capitalistas en algo tan llamativo como las pugnas deportivas parecía esencial.

Otro vestigio de la guerra fría asoma con la multiplicación de las sospechosas muertes de disidentes rusos en estos años. Las autoridades moscovitas son acusadas de eliminar, con frecuencia mediante poderosos venenos, a gente que les resulta incómoda y que empaña la imagen de gran potencia que Putin quiere devolver a su nación. No hay pruebas totalmente concluyentes, aunque en Gran Bretaña las encontraron inequívocas cuando fue envenenado hace diez años el disidente Litvinenko, pero la desaparición repetida de numerosos "incordiantes", gente de diverso tipo que crea problemas al Kremlin, hace enarcar las cejas a numerosos observadores.

En estos días Vladimir Kara, un disidente, ha declarado en el congreso de Estados Unidos que debe prolongar lo que se conoce con el nombre de ley Magnitsky, una disposición aprobada hace cuatro años que prohíbe el acceso de ciertos individuos rusos al sistema financiero estadounidense. Lleva ese nombre en recuerdo de un funcionario ruso que investigando un voluminoso pelotazo fiscal de determinadas personas influyentes rusas fue encarcelado con cargos confusos y murió en prisión.

Los analistas resucitan el caso Litvinenko y un prolongado rosario de otros altamente sospechosos. Un par de personas que tiraron de la mata en el asunto del dopaje deportivo han muerto en extrañas circunstancias. Otra, la atleta Yulia Stepanova, que ha buscado refugio en Estados Unidos, se ha visto obligada a cambiar de domicilio por temer haber sido localizada con consecuencias funestas. Ha declarado que si le ocurre algo no será un accidente.  La lista es muy larga, hay disidentes políticos o reveladores de escándalos que han muerto en Rusia o incluso en el extranjero cayéndose de un balcón, alanceados suavemente con la contera de un paraguas impregnada de un extraño veneno, han habido numerosos fatales ataques al corazón de personas relativamente jóvenes, la periodista Ana Politovskaya bebió un té envenenado en un vuelo de Aeroflot. Sobrevivió. Más tarde fue asesinada en el ascensor de su casa.

La  maquinaría publicitaria rusa, muy eficaz de puertas adentro, sostiene que todo esto son asechanzas occidentales para desprestigiar a Rusia. Desde fuera, sin embargo, se afirma que unas eliminaciones tan sofisticadas, sin dejar rastro, no pueden ser obra de rencillas o individuos aislados. Son demasiado habilidosas y se ve la mano de alguna institución.

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