Un ramo para Cecilia

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Cuando acudo a algún programa para una de entrevista de las que el periodista quiere sacarte cosas de dentro y te pide previamente que escojas seis piezas musicales que te han marcado, siempre incluyo tres: " All the way" de Sinatra, el pasodoble Churumbelerias y "Un ramito de violetas". La primera, me recuerda mi venturoso cortejo de hace muchos años con la que es mi mujer. La segunda, mi niñez con la banda de música de Vélez-Blanco. La tercera, una época clave para nuestra generación, la Transición.

He de aclarar que en mi evocación sentida de Evangelina Sobredo (Cecilia) influye el haberla conocido personalmente. Eva era hija del Embajador Sobredo un caballeroso diplomático que hizo agradable nuestra estancia en la cercana pero no siempre cómoda Argel de los setenta. La joven cantante me regaló su disco y el texto y la música constituyeron un flechazo superior al que experimentó Zapatero oyendo la voz de Obama en su primera conversación telefónica.

Me convertí, le dije bromeando, en el jefe de los fans de Cecilia en todo en el Norte de África, comencé a regalar sus discos y aprendí con ella a practicar el terrorismo consumista. En Melilla, donde acudíamos haciendo setecientos kilómetros desde Argel para conseguir productos elementales que faltaban pertinazmente en nuestro destino, entraba en una tienda y pedía una docena de discos de la autora de la muy singular "Dama, Dama". Normalmente, el dependiente decía que sólo tenía tres copias. Yo ponía cara compungida manifestando que me chafaba mi plan de obsequiar a un montón de amigos en Argel con un disco único. El dependiente se apresuraba a hacer el pedido.

En alguna ocasión, mi treta promotora de la cantante me obligó a comprar ocho discos, eran los que tenían, en otro establecimiento de la península. No me importó. Otros ocho amigos disfrutarían, en vez de las manidas botella de vino o caja de bombones, de un disco distinto, a menudo audaz, en ocasiones estudiadamente transgresor, un producto que te traía pensamientos del presente, nuestra sociedad de las postrimerías del franquismo, y, con sus cuestionamientos, de la existencia de siempre.

Cuando vuelvo a oírla, a veces con un toque fugaz de tristeza, pienso en la frescura y en la madurez de aquella joven, en su increíble bagaje artístico para su edad y, sobre todo en su humanidad.

Un sentido artículo de los hermanos de Cecilia sostiene que personas de posturas políticas dispares se han apropiado de la cantante en nuestro país convencidos de que si ella viviera cantaría algo que les es cercano. Es muy posible y muestra su vigencia a los cuarenta años de su muerte. Me pregunto, en momentos otra vez cruciales para España, lo que pensaría Eva Sobredo ante el excesivamente parsimonioso estudio de los tiempos de Rajoy, la obstinación infantil de Rivera y el no, no y no (hablar sí, negociar, no) de Sánchez. La saldría, quizás, algo más hastiado que mi idolatrado Ramito de violetas.

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