¿Por qué el cura vale más?

Hace casi un siglo en la redacción de un gran periódico británico había un cartel que decía: “Un inglés es noticia, tres alemanes son noticia y nunca ocurre nada en Afganistán”.

Ese consejo editorial no ha perdido actualidad. Ahora están ocurriendo cosas en Afganistán, hace cinco días, una bomba de los terroristas islámicos mató ochenta inocentes en una celebración y el eco que ha tenido el atentado en la prensa occidental es la décima, por no decir la centésima, parte del que ha resonado con el bárbaro asesinato del sacerdote francés en un pequeño pueblo de Normandía.

Los terroristas islamistas buscan varios objetivos. El obvio es causar el máximo terror posible. Bien por el número de víctimas, bien porque las peculiaridades del atentado nos hagan sentirnos más vulnerables. Desean convencernos de que pueden azotarnos en cualquier lugar.

Hay, con todo, una finalidad más importante. Se trata de que la dentellada letal sea conocida por el mayor número posible de personas. Lo que significa en el siglo XXI que los medios de información, desde la televisión hasta el Internet traten profusamente del tema. En este sentido, para sus mentes criminales, degollar a un sacerdote jubilado occidental “vale más”, mucho más, que inmolar a sesenta, ochenta o cien musulmanes en un país islámico del tercer mundo. Por eso, seguirán cometiendo atrocidades parecidas. Son mucho más comentadas y reproducidas.

El ensañamiento con Francia y ahora el incipiente con Alemania destruye un mito muy querido por los antiamericanos, el de que todas estas atrocidades no sólo son consecuencia de la guerra de Irak sino que, por ello, van dirigidas contra los países invasores que jugaron un papel esencial en ellas. Pero, Francia y Alemania no intervinieron en Irak. Más aún, soy testigo, fueron los países que más se opusieron en el Consejo de Seguridad a la invasión. Lo hicieron denodadamente, fueron los protagonistas mundiales, más que Rusia, China o los países islámicos, de esa oposición y los que más se esforzaban en refutar los argumentos de Estados Unidos.

Por último: En las tertulias españolas, no sólo las mediáticas, comienza a hacer fortuna la crítica a la torpeza o ligereza de las fuerzas del orden francesas ante los repetidos ataques. Creo que la condena es un poco ligera y precipitada. Tomemos el ejemplo del fatídico camión de Niza. Es posible que hubiera algún fallo al no existir un dispositivo que impidiera su acceso a un paseo en el que había miles de personas. La censura, con todo, es muy fácil a toro pasado. Hemos descubierto con un camión así puede matar a 85 personas, pero ¿estamos seguros de que esto no podría haber ocurrido en España o en Italia hace quince días en el curso de cualquier acontecimiento popular? Yo no lo estoy, a pesar de la elogiable eficacia de nuestros dispositivos policiales y de inteligencia.
Tenemos, después, el caso de uno de los asesinos del sacerdote. Tenía antecedentes, estaba fichado por haber querido viajar a Siria, hasta llevaba una pulsera detectora. El juez, contra la opinión del fiscal, lo había dejado en libertad con permanencia en su domicilio en determinadas horas del día. Esto no quiere decir que era seguido por la policía a cualquier hora del día. ¿Por qué? Porque no hay medios suficientes. ¿Puede la policía dedicar cuatro o cinco de sus efectivos a cada uno de los muy sospechosos, medianamente sospechosos, levemente sospechosos, de los propensos a tener un ramalazo violento después de estar unas horas en el Internet siguiendo a un pirado islamista? Pienso que no.

Ante la proliferación de los suicidas, la policía debe aumentar los efectivos pero, por el momento, será imposible abortar TODOS los ataques. Ni allí, ni aquí