Rashomon en la política

Almodovar

En la película japonesa Rashomon, de la que Hollywood hizo un remake de inferior factura, los protagonistas de un incidente criminal, una violación, explican el hecho de modo totalmente distinto.

En política, normalmente, ocurre algo parecido. En las fechas que vivimos leemos las explicaciones con que partidarios y opositores de la salida de Gran Bretaña de la Unión europea, el manoseado Brexit, desarrollan sus tesis con argumentos tan distintos que resultan contradictorios. Los que quieren marcharse, por ejemplo, alegan que el talante político británico ha sido ancestralmente más moderado y tolerante que el de muchos europeos. Esta pregonada moderación no tiene en cuenta, sin embargo, la existencia del imperio regentado por los británicos en el que hubo esclavitud, agresión, opresión, etc... en abundancia.

Podríamos citar controversias históricas de otras naciones; en nosotros, por ejemplo, todo lo que rodea la guerra civil con interpretaciones frecuentemente maniqueas de uno y otro lado.

En la actualidad, tenemos otros casos que se prestan a diversas lecturas. La prensa extranjera, haciéndose eco de la presencia de Almodóvar en Cannes, reitera las manifestaciones del buen cineasta español en el sentido de que su aparición en los papeles de Panamá es insignificante, que él era un mindungui. Parecidas declaraciones han hecho los protagonistas de la serie “Cuéntame”. Ellos invirtieron su dinero sin conocer exactamente sitio exacto donde se lo colocaban.

Yo estoy dispuesto a creer a Almodóvar y a mi tocayo, iré más lejos, los creo. Sin embargo, no entiendo por qué es natural que personas que se mueven en el mundo del celuloide, o en ambientes conocidos como progres, no tengan la menor idea de cómo se invierte su dinero y que, sin embargo, los que están en otro ambiente o en otra posición ideológica estén obligados a saber todo, hasta el más mínimo detalle del recorrido de sus inversiones. ¿ Por qué era impepinable que la Infanta Cristina conociese todos los recovecos de los negocios de su marido, hace tiempo que es mayor de edad, se acusa, y, por el contrario, un director de cine, muy viajado, aclamado justamente en el extranjero y también mayor de edad, no esté al corriente de la situación y vaivenes de sus inversiones.

La última muestra de las dos interpretaciones nos la da la votación, totalmente politizada, del concurso de Eurovisión. Los votantes premiaban a una canción ucraniana titulada “1944” que evocaba las purgas y deportaciones masivas que Stalin hizo de la población tártara de Crimea, entre otras razones para rusificar la península. La moraleja oculta de la canción era cuestionar el desgajamiento de ese territorio, de evidente pasado ruso, de Ucrania al que pertenecía desde hace años en una situación que fue aceptada por las autoridades de Moscú cuando se produjo la escisión entre Rusia y Ucrania. Los hechos de 1944 son incontestables. Sin embargo, la maquinaria mediática de Putin, muy poderosa, denuncia no sólo la politización del certamen televisivo, sino los propios hechos reales en que se sustenta el mensaje de la canción ganadora.

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