Brasil, el gigante agrietado

Brasil no es lo que era. El mago del fútbol, la selección que era abrazada como segunda preferencia después de la propia por los aficionados de todo el mundo, perdió el lustre en el pasado Mundial donde jugó en casa. La suficiencia de su público, las ayuditas de la FIFA en la primera fase y el batacazo de 7-1 con Alemania dejaron maltrecha su imagen. Una sorpresa. Ahora viene el escándalo que rodea al otrora canonizable Lula que dejó la Presidencia no hace mucho con un colosal 83% de aprobación. Las sospechas sobre su conducta son el último eslabón alrededor de los manejos y chapucerías que rodean al caso Petrobras, un desvío de fondos y “mordidas” de grandes proporciones, y del desprestigio de la Presidenta del país y heredera de Lula Dilma Rousseff. Brasil, por último ya no es el país del futuro, slogan que venimos oyendo desde hace sesenta años pero que no acaba de plasmar en realidad.

El casi continental Brasil, estrella económica fulgurante hace cinco años cuando crecía casi al 8%, se debate ahora en una patente crisis, la peor recesión de los últimos 30 años. Su producto interior se ha contraído un 3´8% y no lleva visos de mejorar. La renta per cápita puede bajar este año un 6´5%.

Que la Presidenta pueda ser inhabilitada por el voto de dos tercios del senado ya no es una fantasía sino una creciente posibilidad. Que, en días pasados, bastantes inversores hayan comprado acciones o bonos brasileños es simplemente debido a que están apostando porque el país cambie de gobierno y entre en otra senda. Una nueva situación que aclare y penalice definitivamente el caso Petrobras y su retoño el Lavajato, un esquema en el que importantes compañías obras públicas,- el empresario más conocido del sector ha sido condenado a 19 años de cárcel- entregaban un porcentaje de las adjudicaciones que iba a los partidos y a políticos (como ven, en todas partes cuecen habas), que haya un gobierno estable no sólo preocupado por luchar por supervivencia.
Brasil tiene un problema constitucional que algunos califican de bomba de relojería. La constitución del 88 que profundizó en el estado del bienestar consagra gastos sociales ineludibles que la economía brasileña no puede mantener nada más que en momentos en que el crecimiento del país ha entrado embalado en la cuarta velocidad. Si se reduce esa velocidad la situación es insostenible, la deuda pública se dispara etc…

Dentro del sombrío horizonte bastantes brasileños ven un dato positivo. El poder judicial está actuando con entereza e imparcialidad. El acoquinamiento de otras épocas se ha esfumado, la corrupción, buen síntoma, es mucho menos impune.

Brasil, en este ambiente, celebra los Juegos Olímpicos este verano. Se dice que antes de ellos, o en torno a ellos, brotarán otros escándalos.