Vicisitudes de la desvaída coalición contra el terrorismo

Estados Unidos proclama que hay ya 65 naciones luchando contra el Isis. Es una afirmación sonora, la realidad no se compadece con ella. De un lado, bastantes de los países de esa lista solo están de boquilla en la coalición. De otro, parece que ninguno de ellos quiere enviar soldados al campo de batalla y según la inmensa mayoría de los especialistas sin “botas sobre el terreno” es difícil vencer al ejército terrorista.

Si examinamos la lista de los gobiernos comprometidos veremos que hay entre ellos aportaciones simbólicas o solo verbales, Luxemburgo o Islandia, otros que comenzaron jugando un papel activo, el caso más escandaloso sería el de Arabia Saudita, uno de los países que tiene más que perder con el avance del Isis, que ha retirado sus aviones del frente para concentrarse en el avispero de Yemen, otros que anuncian su retirada, Canadá, y los verdaderamente involucrados que se ofrecen sobre todo para misiones de reconocimiento, vigilancia etc…Entre estos últimos mencionemos a la recién llegada Alemania que, después de muchos cantos a la solidaridad, anuncia que enviará unos cuatro aviones de reconocimiento y una fragata para cubrir el flanco del portaaviones francés. El británico Cameron, escaldado después de la derrota parlamentaria de hace bastantes meses para intervenir en Siria, llevará el tema de nuevo a los Comunes donde parece que esta vez pasará y habrá eficaces aviones británicos participando en los bombardeos.

Los profanos pensamos que con las aviaciones de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia machacando a los islamistas estos no deberían resistir mucho tiempo sin desbandarse. No está ocurriendo así. Ha habido hasta ahora unos 8.450 bombardeos a las posiciones del Isis de los que Estados Unidos ha realizado unas tres cuartas partes de los llevados a cabo en Irak y la casi totalidad de los que han caído sobre Siria. Han tenido evidentemente efectos pero la pérdida de territorio que ha sufrido el Isis ha obedecido a que los ataques aéreos han ido acompañados normalmente por el trabajo en tierra de los kurdos o de los rebeldes moderados que luchan contra Assad. En consecuencia, sin unos efectivos considerables sobre el terreno, pie a tierra, el Isis no se esfumará. Esos efectivos, es convicción unánime hoy, deben ser fundamentalmente árabes sunitas. La presencia exclusiva de occidentales o de chiitas, se concluye, podría tener efectos contraproducentes. El fantasma de la intervención estadounidense en Irak planea, como una pesadilla, sobre las decisiones de los dirigentes de la coalición.

Mientras tanto el denostado Assad, cuya permanencia es el principal objeto de disputa entre Putin y Obama, ha respirado un poco con los acontecimientos de las últimas semanas. El atentado de París ha aliviado la presión sobre él. Se deduce que hay que encontrar una previa solución política al avispero sirio si se quiere luchar seriamente contra el Isis y en esa solución política entra Assad. Por otra parte, el incidente del avión ruso derribado por Turquía parece, a corto plazo, reforzar la alianza Putin- Assad. Rusos y turcos siguen en su guerra verbal, los de Ankara remachando que no van a pedir disculpas por el derribo de un avión sobre su espacio aéreo después de que se le hicieran varias advertencias, los rusos negando que el aviso existiera. Líderes orgullosos y de veta autoritaria, Putin y Erdogan se enzarzan personalmente en la discusión. El ruso acusa al turco de actuar torticeramente porque está comprando petróleo a Isis. Erdogan reacciona desafiándole a que lo demuestre y cuestionando la legitimidad democrática de Putin. Curiosamente, es Obama quien les pide calma.

El Presidente americano, a su vez, también tiene problemas. Su discurso en la cumbre medioambiental de París ha sido interpretado por muchos comentaristas en Estados Unidos como una huida de la realidad. Los enemigos abundantes de Obama han concluido que el Presidente concede más importancia a la subida, dudosa para ellos, de la temperatura que a la amenaza inminente del Isis y le fustigan por ello. Obama puede razonar que ambas amenazas poseen dimensiones ominosas y en su fuero interno debe preguntarse: ¿si los otros no envían tropas a luchar en territorio sirio, porque lo he de hacer yo?